A principios de los años 80, por las noticias sobre el poder y la violencia de un cártel que llevaba su nombre, me enteré de que en Colombia existía una ciudad llamada Medellín. Años después, en los 90, ante el fortalecimiento del crimen organizado y el recrudecimiento de la violencia en nuestro país, escuché con insistencia la advertencia sobre el riesgo inminente de la “colombianización” de México.
Los años siguieron pasando, las organizaciones criminales continuaron creciendo y su violencia se arraigó de tal manera que, hace apenas unos días, en el contexto del debate político rumbo a la elección presidencial en Francia, la figura puntera de la derecha, Marine Le Pen, lanzó una advertencia directa: “Estamos cayendo en la mexicanización del país. Frente al flagelo del narcotráfico que gangrena a Francia, se necesita una respuesta implacable”.
Lo que hace 20 años llamábamos “colombianización” para referirnos a la descomposición de la seguridad pública y el asedio a las instituciones, el mundo lo sintetiza hoy con el nombre de México. Duele mirarnos al espejo y constatar que el país maravilloso que recibimos de nuestros ancestros se ha convertido en el adjetivo global de aquello que nadie quiere ser. Y resulta bochornoso aceptar que este sea el legado que nuestra generación dejará a las que le sucedan… a menos que nos lo tomemos en serio y hagamos algo para evitarlo.
Volvamos al ejemplo colombiano. Ya en este milenio volví a encontrarme con ese país, pero a través de hechos radicalmente distintos a los que guardaba en mi memoria: pude ver y experimentar los frutos de la revolución de la cultura ciudadana y el urbanismo social que floreció en sus principales ciudades durante los años previos.
Medellín, la ciudad con la que comencé este texto, es hoy un referente internacional de innovación social y ambiental. Logró reconvertir la Comuna 13 —otrora el lugar más violento del mundo— en una comunidad vibrante y digna que visitan miles de personas cada año; y en pleno calentamiento global redujo su temperatura promedio en 2 °C mediante corredores verdes que integran cientos de miles de árboles y millones de plantas.
Los colombianos no salieron del abismo negando la realidad de los cárteles ni haciéndose los ofendidos; lo lograron asumiendo la gravedad de su herida y articulando una cruzada cívica e institucional de largo aliento. Por eso resulta un error desestimar las críticas externas apelando al orgullo cultural, como hizo recientemente Claudia Sheinbaum. En política pública y en la vida, el primer paso para resolver un problema es reconocerlo con honestidad.
Los mexicanos de hoy tenemos frente a nosotros ese mismo desafío: ganar la carrera narrativa sumando a nuestra riqueza cultural logros tangibles que trasciendan nuestros problemas y nos reivindiquen ante el mundo. Eso solo será posible si articulamos un esfuerzo colectivo de Estado que una a autoridades, especialistas y ciudadanos en torno a una meta común: hacer de la superación de nuestras crisis el mayor legado de nuestro tiempo.
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