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Destapes del Bienestar

Sigue la selección de los “coordinadores de la defensa de la transformación”, proceso con que el partido en el poder burla la ley electoral y define anticipadamente a quienes habrán de ser sus candidatos a las gubernaturas en juego en 2027.

Por cierto que también lo están haciendo el PAN y el PRI. En el caso del primero queda claro que, al inventar sus propias “coordinaciones”, hace suyo el método ideado por el Señor de la Mentira y demuestra que su extravío ético-ideológico es absoluto. Del PRI, en cambio, no se puede decir lo mismo, pues fueron ellos quienes inventaron el artilugio. De hecho, mi sugerencia es que reivindiquen la autoría y designen “coordinadores de la defensa de la simulación”.

Presenciar estos teatros y la infaltable cargada me produce un inevitable déjà vu. Recuerdo vagamente el destape de Miguel de la Madrid, y vivamente el de Carlos Salinas, pero más claramente recuerdo que no lograba entender por qué todos simulaban.

Se sabía que la decisión de quién gobernaría al país era de una persona, sin embargo, políticos, medios y una parte de la sociedad actuaban como si no fuera así. Me conflictuaba sentir que la esencia de nuestra vida pública era el cinismo. Claudia Sheinbaum probablemente sentía algo parecido, pues en aquel entonces, como estudiante, se movilizaba para denunciar —qué ironía— el autoritarismo y la falta de democracia.

Hoy, con más camino recorrido, entiendo que esos rituales en realidad son un mecanismo de control de daños. Como no hay lealtad democrática, las votaciones internas suelen ser destructivas: dividen, generan rencores, transforman amistades en rivalidades y exhiben la ropa sucia de los partidos. Los destapes, en cambio, son una solución pragmática: ahorran costos, frenan el desgaste, cierran el paso a perfiles peligrosos y reducen la posibilidad de descarrilamiento de los procesos de selección.

Por eso me pregunto si está mal que un partido no elija a sus candidatos democráticamente. La respuesta rigurosa es que no. Mientras respeten sus estatutos y la elección constitucional sea legal y equitativa (no es nuestro caso), el método interno de cada partido simplemente debería ser premiado o sancionado por el electorado.

Lo que sí resulta inaceptable es que se violen los tiempos legales y que nos quieran hacer creer que la decisión proviene del “pueblo”. La faramalla de las encuestas es una manzana envenenada que busca legitimar la decisión de una cúpula y reinstaurar la cultura del cinismo y la simulación. No la comamos.

Mi extraño y extrañado amigo Marcelino Perelló contaba que cuando vivió en Rumania conoció un dicho popular que evidenciaba el cinismo colectivo que imperaba detrás de la cortina de hierro y que, traducido a nuestra lengua y cultura sentenciaba —usted disculpará—: «El problema no es comer mierda, sino pretender que es cajeta».

Y es cierto: el problema no son los destapes del bienestar, sino que se les quiera hacer pasar por democracia. Hay que llamar a las cosas por su nombre: lo que los partidos nos están presentando no son coordinadores de cajeta, sino candidatos de… verdad.

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