Jesse Jackson y Andrés Manuel López Obrador, líderes carismáticos que construyeron movimientos sociales a base de confrontar y denunciar, tienen sin embargo notables diferencias. Con su credo populista, López Obrador estaba destinado a ser un líder opositor de por vida, pero al saber interpretar los signos de los tiempos alcanzó, contra todo pronóstico, la Presidencia de la República. Mientras que Jackson como activista de manifestaciones y marchas en pro de los olvidados fue consciente de sus habilidades y siempre se mantuvo al margen de cargos gubernamentales.
Pese a ser un orador excepcional por los derechos de los pobres y contra el racismo, ministro bautista que superó la pobreza en Carolina del Sur, Jackson, quien falleció la semana pasada, nunca pudo alcanzar la estatura moral de Martin Luther King. El reverendo Jackson siguió durante seis décadas apostando por la vieja escuela de la denuncia moral, sin percatarse que el poder afroamericano había mudado a la toma del gobierno, como lo demostró en la Casa Blanca Barack Obama, cuya figura histórica Jackson tampoco pudo emular. El reverendo sabía enfrentar a los poderosos mas no gobernar.
Jackson se inició en las luchas pro derechos civiles de los años 70, cuando la sombra de la segregación racial pesaba sobre todo en el sur de EU, donde los negros deberían permanecer separados de los blancos en escuelas, autobuses, baños públicos, restaurantes, cines e incluso en el ejército. Su hábil retórica fue inseparable de sus errores humanos, como dejarse guiar por su ego e instinto de autopromoción que le motivaron el escarnio dentro de las propias filas afroamericanas.
En un lapso de dos décadas, Jackson construyó una cruzada por los derechos civiles con la Coalición Arcoiris, compuesta por afroamericanos, blancos, personas LGTBQ e hispanos principalmente. Fue dos veces precandidato a la Presidencia de EU, en 1984 y 1988 por el Partido Demócrata, en el que siempre militó. A diferencia de AMLO, que con los aires cambiantes tuvo diversas banderas partidistas. La retórica de Jackson durante las convenciones demócratas en San Francisco y Atlanta, representó el alma del partido, mas nunca se tradujo en programas o políticas de gobierno.
AMLO en la Presidencia concentró más poder en todo el siglo XXI en México y con un populismo autoritario actuó por encima de las instituciones. Alteró el equilibrio de poderes y utilizó el púlpito presidencial para atacar a opositores, precisamente porque hizo su carrera en la confrontación, como orador en ocasiones incendiario, sin tiempo o ganas para tener una formación como jefe de Estado propiamente dicha.
A sabiendas de que la gobernanza requiere de hacer a un lado la polarización, alcanzar consensos y negociar con otras fuerzas, Jackson entendió que las habilidades para denunciar son muy distintas de las necesarias para gestionar soluciones políticas. Es quizá por ello que Jackson privilegió mantenerse como un activista político concentrado en los derechos de las minorías, con una gran habilidad para atraer a su causa a los medios de comunicación.
Además de impulsar al Partido Demócrata con un discurso de izquierda, multicultural en favor de los marginados, Jackson fue también un activista internacional, defendiendo causas de la población negra en Haití, África del Sur durante el Apartheid, además del Medio Oriente. Otra diferencia con AMLO, carente de interés por jugar un papel en la política internacional.
Al igual que AMLO, Jackson fue una figura controversial, quizá víctima de su éxito. Fue acusado por sus propios correligionarios negros de exagerar su participación en Memphis, en 1968, durante el asesinato de Luther King. Tuvo una hija, Ashley, producto de una relación extramarital con una excolaboradora. Sus expresiones despectivas hacia la comunidad judía en una entrevista provocaron el retiro del apoyo judío a sus aspiraciones presidenciales.
