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La reforma indolente

El país vive una crisis de corrupción y violencia de dimensiones extraordinarias y la prioridad de la presidenta es presentar reformas a la Constitución para cambiar las reglas electorales.

Una reforma electoral ahora no es prioridad para la nación, sino para su partido.

La presidenta Sheinbaum no está pensando en la unidad nacional para afrontar al enemigo común, sino que piensa en aplastar a los que se oponen a su partido.

En el operativo para detener a uno de los “abrazados” por la política de pacificación de su antecesor, murieron 25 soldados y el cártel de El Mencho disparó, incendió y saqueó en más de 20 estados de la República.

Para eso la presidenta no tuvo respuesta luego de muchas horas. Se distanció de lo sucedido, no informó, y siguió su gira con esporádicos llamados a la calma.

O no lo sabía o no estuvo de acuerdo con el operativo que realizó el Ejército, pero a fin de cuentas lo aceptó por la presión de Estados Unidos: o lo hacen ustedes o vamos nosotros.

Hay división en la Secretaría de Marina, entre los coludidos en una escalofriante red de huachicol fiscal, y los que no están en ese negocio de más de 600 mil millones de pesos (cifras hasta septiembre del año pasado).

Gobernadores y funcionarios metidos hasta la nariz en su compadrazgo con el narco y el dinero del huachicol fiscal, no son prioridad para la presidenta.

Como lo planteó Coparmex en un comunicado el lunes por la noche: la prioridad del país no es una reforma electoral, sino unidad por la seguridad nacional, personal y patrimonial.

Con su proyecto de reforma electoral la presidenta Sheinbaum nos divide, aún más, en un momento extremadamente delicado.

Lo más inadecuado, en estas circunstancias, es una reforma electoral para debilitar al Estado.

Nadie la pidió, más que Morena, es decir el gobierno.

Se trata de una reforma electoral hecha por el poder para consolidar a Morena en el poder.

A someterse todos, incluidos los aliados Verde y PT.

De la oposición, que tiene entre 41 y 42 por ciento del voto ciudadano, ni se acordó.

Los desprecia porque son “adversarios”, “vendepatrias”, y no simplemente mexicanos que piensan diferente a ella.

Para el populismo, del cual Sheinbaum es hoy la máxima exponente en el país, no existen “ellos y nosotros”, sólo hay “nosotros contra ellos”.

De los muchos ángulos que tiene la reforma, destaco uno, que no necesariamente es el más grave o importante: la presidenta quiere que su partido tome el control de las candidaturas de la oposición.

Al desaparecer las listas de candidatos plurinominales, dijo ayer la presidenta Sheinbaum, “todos tienen que ir al territorio a conseguir el voto. Todos a buscar el voto popular, ya no habrá listas".

Y a ella, ¿qué le importa cómo eligen a sus candidatos los partidos de oposición?

¿De cuándo le nació el cariño por los opositores y los quiere perfeccionar, según su muy particular punto de vista?

Todos obligados a hacer campañas.

Únicamente los más populares, aunque de leyes, ciencia, economía y políticas públicas no tengan ni la menor idea.

Si Morena quiere cambiar su forma de elegir candidatos al Congreso, que hagan una reforma interna y eliminen la tómbola, por ejemplo.

“No queremos que sean las cúpulas de los partidos quienes se mantengan como diputados, como senadores, sin el voto popular”, dijo.

No queremos, ¿quiénes?

¿Ella, AMLO, Pablo Gómez?

Este último, Pablo Gómez, fue media docena de veces diputado o asambleísta por lista plurinominal, y ahora resulta que esa fórmula es inválida.

Como la metáfora de Héctor Aguilar Camín: en Morena “quitan la escalera por la que ellos subieron al poder”.

Hay otros ángulos más importantes en la reforma hecha por el poder para entronizar a Morena en el poder.

De ello darán cuenta los especialistas en la materia, pero no es una necesidad de primer orden para México.

Para el grupo gobernante, desconectado del interés general, sí es prioridad garantizar que una minoría, Morena, se convierta en mayoría por obra de la alquimia electoral de esta reforma irresponsable.