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¿A dónde vamos a parar?

Los de la Generación X, nacidos entre 1965 y 1980, que este año cumplimos entre 46 y 61 años, hemos vivido tres etapas de la lucha por el poder en México. Crecimos con la dictadura perfecta del PRI, celebramos la competencia electoral y ahora vemos regresar la verticalidad política. Tanta vuelta para terminar otra vez haciendo fila frente al despacho del que manda.

Con el PRI las instrucciones bajaban y las cabezas se agachaban. El presidente repartía candidaturas, imponía sucesores y administraba las aspiraciones de su partido. Había elecciones, por supuesto. Tampoco había que descuidar la decoración democrática.

En 1989, Baja California abrió una puerta con el triunfo de Ernesto Ruffo. La competencia fue ganando terreno hasta alcanzar la Presidencia en 2000. Cambiar al gobernante mediante el voto dejó de parecer una fantasía. Hubo avances, decepciones y gobiernos bastante malos. Pero el poder tuvo que aprender a convivir con la posibilidad de perder.
Desde 2018, a mi juicio, caminamos de regreso hacia la concentración. Con una ventaja para sus promotores. Ahora pueden presentar como voluntad del pueblo lo que antes denunciaban como abuso del presidente. Los abusos del PRI les parecían imperdonables. Ahora que pueden cometerlos ellos, les llaman transformación.

La prioridad de muchos gobiernos es ganar la siguiente elección. La seguridad, el agua, la salud y los servicios pueden esperar. La campaña jamás. En distintas regiones se deteriora la vida cotidiana mientras sus autoridades presumen encuestas. Al ciudadano le falta tranquilidad, pero puede dormir orgulloso de que su gobernante encabeza las preferencias.

Bajo esa lógica, la justicia estorba cuando pregunta demasiado, el presupuesto sirve para cultivar clientelas y la propaganda sustituye las explicaciones. Hasta la crítica ciudadana en redes les resulta intolerable. Quieren aplausos de una sociedad a la que cada vez le cuesta más encontrar motivos para aplaudir.

Lo de Chihuahua y el aparente cambio de bando de Maru Campos merece leerse también desde esa disputa. Su conducta permite cuestionar cuánto pesan las convicciones y cuánto los cálculos para conservar el control político. Sobre sus motivos habrá que exigir explicaciones, no inventar certezas.

Porque esta afición por acomodarse frente al poder alcanza también a sectores de la oposición. Algunos parecen entender la alternancia como el derecho a construir su propio pequeño régimen. Defienden los contrapesos con entusiasmo hasta que uno les lleva la contraria. Entonces descubren las bondades de la disciplina.

Nos costó décadas conseguir que los gobernantes pudieran perder una elección. Sería una estupidez permitir que ahora acomoden la justicia, el dinero público y las reglas para ahorrarse ese disgusto.

Nuestra generación ya conoció la obediencia, la competencia y el desencanto. A estas alturas merecemos algo mejor que otra campaña para explicarnos por qué debemos resignarnos.

Por lo pronto, el filósofo del pueblo, Marco Antonio Solís, nos dejó la pregunta adecuada. ¿A dónde vamos a parar?

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