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¿A dónde vamos?

Entre el nacimiento del México independiente en 1821, y 1867 cuando Benito Juárez regresó a la capital y logró fijar el rumbo político del país, tanto al interior como al exterior, no existíamos en el panorama internacional. De ahí su máxima estableciendo que "entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz".

Desde entonces, México ha transitado por momentos de liderazgo internacional real como la Doctrina Estrada, la acogida del exilio republicano español, el activismo en el sistema de Naciones Unidas, la mediación en conflictos centroamericanos. Pero también ha conocido la otra cara de la moneda.

Cuando el régimen porfirista colapsó a principios del siglo XX, México no sólo se sumió en el caos interno, sino que también desapareció como interlocutor hacia afuera. La Revolución, en su etapa más violenta, nos convirtió en un problema para el vecino del norte.

Las intervenciones estadounidenses en Veracruz (1914) y la expedición de Pershing para capturar a Villa (1916) fueron posibles porque México era, prácticamente, un Estado fallido. Lejos de preocuparnos por la política exterior, existía una urgencia por la supervivencia.

Cuando José López Portillo anunció la nacionalización de la Banca y México declaró la moratoria de su deuda externa, el país no solo entró en colapso económico, también perdió toda credibilidad internacional, y recuperarla fue muy costoso. Durante la llamada "década perdida", fuimos un ejemplo de lo que no debía hacerse. La poca voz en foros multilaterales quedó atrapada entre la retórica y la irrelevancia, condicionada por programas de ajuste del Fondo Monetario Internacional y la percepción generalizada de que México era más riesgo que oportunidad.

A diferencia de esos momentos, hoy contamos con una economía con fundamentos macroeconómicos relativamente sólidos que, sumados a la posición geográfica, han generado una interdependencia con Estados Unidos. No estamos en el caos revolucionario ni en la bancarrota de los ochenta. Pero sí estamos, quizás, ante el momento de mayor riesgo soberano desde la época revolucionaria.

Es precisamente esa interdependencia con Estados Unidos que les permite generar mayores exigencias (legítimas, quizás) en áreas específicas, como lo son los flujos migratorios, el avance territorial del crimen organizado y la erosión de la autonomía institucional. Sumando, además, la necesidad del movimiento MAGA de asestar un golpe de autoridad que les dé más holgura en las elecciones intermedias tras el fracaso de la intervención en Irán. Todo lo anterior configura un panorama preocupante ante un posible endurecimiento de la estrategia estadounidense ante México.

Pero lo verdaderamente preocupante no es donde estamos, es que no sabemos a dónde vamos. En los otros momentos de desaparición internacional, por lo menos había proyectos, con visión, para remediar la situación. Hoy, todo lo contrario.

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