Las grandes ciudades suelen afrontar los mismos grandes problemas estructurales, pero pocas veces implementan modelos que tuvieron éxito en otras partes. La Ciudad de México no es la excepción.
Nuestra ciudad enfrenta una de las mayores crisis hídricas de las grandes urbes a nivel global. Todos los años la temporada de lluvias y la sobreexplotación del manto acuífero generan preocupaciones. Pero, ¿realmente estamos haciendo algo al respecto? Pareciera que nos quedamos de brazos cruzados y, mientras las calles se inundan, lo hemos normalizado.
Hay ciudades donde lo dejaron de normalizar.
Manila enfrentó, durante décadas, hundimientos de hasta 8 centímetros al año en zonas costeras de su área metropolitana, producto casi exclusivo de la sobreexplotación de acuíferos. Las reubicaciones de población se volvieron cotidianas y la infraestructura urbana sufrió daños constantes antes de que las autoridades filipinas restringieran el bombeo de pozos. Un estudio reciente con datos satelitales documentó que esas restricciones redujeron el hundimiento de 40 milímetros anuales a entre 10 y 20, mientras las provincias vecinas sin regulación seguían hundiéndose al doble de esa velocidad.
Bangkok, antes de eso, ya había mostrado el camino: en los años 70 se hundía hasta 12 centímetros anuales, y al encarecer el agua subterránea y sustituirla con agua superficial bombeada desde fuera de la ciudad, logró reducir esa cifra a 3 centímetros al año. La lección es la misma en ambos casos: el hundimiento no se detiene solo, se detiene regulando lo que se extrae del subsuelo.
Hay también un modelo que múltiples ciudades europeas y asiáticas han implementado: el de las ciudades esponja. Estas urbes dejaron de pensar en la inundación como una emergencia puntual y empezaron a diseñar su infraestructura para absorber grandes cantidades de agua. En lugar de pelearse con los flujos de agua, conviven con ellos.
Copenhague lo adoptó tras una tormenta en 2011, que dejó más de mil millones de dólares en daños. Desde entonces ejecuta un Plan Cloudburst que incluye 300 proyectos de parques, calles y túneles diseñados para almacenar agua de lluvia. Nueva York hizo algo similar en Staten Island con el programa Bluebelt, que en 25 años ha construido más de 70 humedales artificiales que sustituyen al drenaje tradicional que ha tenido resultados documentados en reducción de inundaciones.
Estas no van a caer del cielo. Se requiere inversión sostenida y disposición política real, no sólo discursiva. Nueva York invirtió cerca de 135 millones de dólares, y Copenhague más de mil millones. Mientras los recursos públicos en la CDMX se dirijan hacia otros rubros, no encontraremos soluciones.
El agua es el inicio de todo, pero también el final de muchos problemas: si la Ciudad de México atiende su crisis hídrica doble, una de escasez y exceso, resuelve, o atiende, buena parte de sus problemas: crisis de movilidad, desplazamiento forzado y desigualdad urbana.
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