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Colombia: notas estratégicas

Este domingo, Colombia celebró la segunda vuelta presidencial más reñida de su historia. Abelardo de la Espriella, abogado penalista sin carrera política previa, obtuvo 49.68% de los sufragios frente a 48.70% de Iván Cepeda, senador respaldado por el gobierno, con una diferencia de 250 mil votos. Es la primera vez que el ganador de una segunda vuelta colombiana no alcanza la mayoría absoluta.

Antes de que terminaran los cómputos preliminares, el presidente Gustavo Petro denunció manipulación algorítmica, señaló a una firma contratista y sugirió la intervención de Israel en los servidores de la Registraduría. El gobierno cuestionó los resultados cuando apenas iniciaba el conteo oficial.

La diferencia de menos de un punto porcentual estableció las condiciones para la narrativa del fraude. Petro siguió un protocolo que se ha vuelto reconocible en la región: ante un escenario adverso, la denuncia técnica que pronto escala a acusaciones de fraude sistémico, con el señalamiento de injerencia extranjera. La lógica es impugnar la legitimidad de los resultados sin asumir el costo político de desconocerlos abiertamente. Cepeda aceptó el conteo preliminar, pero anunció la impugnación de 33 mil mesas. El escrutinio definirá si Colombia tiene un ganador indiscutible o se dirige a una transición en disputa.

La elección colombiana se inscribe en una tendencia regional: desde 2023, candidatos de derecha han ganado 12 de 15 elecciones presidenciales. La principal explicación de esos resultados parece ser el desgaste de los oficialismos, independientemente de sus convicciones. Petro llegó al poder con una promesa de transformación. Cuatro años después, la mitad del país eligió a un outsider que promete revertir el legado de su gobierno. El patrón es consistente: en América Latina, el desgaste de quienes ejercen el poder ha sido más determinante que cualquier propuesta programática.

Por su parte, De la Espriella también encarna un arquetipo regional cada vez más frecuente. No es un político profesional, utiliza las redes sociales como canal de comunicación directo, fue respaldado públicamente por Estados Unidos, tiene a Milei como referente cultural y a Bukele como modelo de estrategia de seguridad.

Los resultados de los comicios también representan una victoria para la política hemisférica de Washington, que suma un aliado. El presidente Trump llamó a De la Espriella para felicitarlo la misma tarde del domingo; Marco Rubio anunció una agenda conjunta en seguridad, migración y relaciones económicas. Colombia, que estuvo ausente de la cumbre inaugural del Escudo de las Américas, será su incorporación más relevante. La presión aumentará para los países de la región que no se han alineado con esa iniciativa, como el nuestro.

¿Qué lecciones nos deja Colombia?

En primer lugar, nos plantea una pregunta que no podemos ignorar: ¿el respaldo público de Washington a un candidato afín o el anuncio de una agenda bilateral antes del resultado oficial constituyen injerencia extranjera? La respuesta no es tan evidente. La reforma constitucional que incorporó ese concepto como causal de nulidad electoral es un instrumento diseñado para blindar al oficialismo en un escenario similar al de Colombia. Un “mal perdedor” en México tendría de su lado a la norma suprema.

En segundo lugar, Colombia confirma que la polarización, más que una estrategia de campaña, es la condición en la que se ejerce el gobierno. De la Espriella llegará al poder –si el cómputo oficial lo confirma– con prácticamente la mitad del país en su contra desde el primer día. Será el mandato más frágil de la historia reciente, con la gobernabilidad debilitada de origen. El péndulo latinoamericano produce alternancia, pero difícilmente produce mayorías sólidas.

En una región donde los partidos en el gobierno están perdiendo elecciones, la narrativa del fraude es el nuevo lenguaje de la derrota. ¿Qué tan diferente sería el caso mexicano?

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