Raúl Castro acudió al auditorio Karl Marx de La Habana para recibir el respaldo de los militares y la cúpula de su partido, el único que hay en la isla.
Como lo busca la justicia de Estados Unidos por el delito de homicidio, el presidente Miguel Díaz-Canel lanzó un reto: “Raúl es Cuba y a Cuba no se toca”.
Todo es falso en la consigna, por supuesto, ni el jefe vitalicio de la revolución es su país y a Cuba sí se le aprieta y cada vez con mayor intensidad.
Lo decía el propio Díaz-Canel, al quejarse de que en los pasados cinco meses solo un busque con combustible atracó en sus puertos.
Es un ángulo embarazoso, inclusive para los pocos aliados que tiene el régimen, entre ellos el gobierno de México, ya que todos, de una forma u otra, acatan la prohibición decretada por Donald Trump y nadie vende petróleo o gasolina a los cubanos.
A Raúl Castro aprovecharon para celebrarle su cumpleaños 94, en medio de una situación embarazosa, ya que las sanciones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos alcanzaron a su hijo, el general Alejandro Castro Espín y al Ministerio de las Fuerzas Armadas y a los Comités de Defensa Revolucionaria.
Son medidas que impactan poco en Cuba, o que en todo caso son solo una vuelta de tuerca más, pero que tienen una fuerza letal fuera, porque puede complicar negocios y viabilidad de quienes comercien con ellos o los ayuden de alguna forma.
El recinto, el Karl Marx, da cuenta del bucle en que se vive, y de lo anacrónico de la situación.
Lo interesante, en todo caso, es que se sigue avanzando en la configuración de escenarios para el futuro próximo, donde se puede encontrar una salida, si no a la crisis, la que es estructural, al menos a la andanada de presiones desde la Casa Blanca.
Lejos de estar decididos los pasos de lo inevitable, muchos factores jugarán todavía y en esa lógica se podrán observar las grietas de un grupo en el poder, donde imperará la traición, como suele ocurrir cuando el derrumbe se enuncia por todos lados.
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