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Información para decidir con libertad

Ya nomás nos quedan cuatro

En la semana que termina, la presentación del Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum nos ha permitido atestiguar, una vez más, el duelo de narrativas entre quienes pretenden vender que vivimos en el país de las maravillas y quienes buscan convencernos de que habitamos en el infierno. Para evitar esta trampa decidí leer el informe y llegué a algunas conclusiones.

Primera, la presidenta realiza un esfuerzo personal enorme para que las cosas vayan bien. El problema, no obstante, es que ella misma se boicotea: sabido es que el primer paso para resolver un problema es reconocer que existe; sin embargo, al no poder decir que muchos de los que complican su gestión se generaron en el sexenio anterior, no los reconoce y no puede actuar abierta y efectivamente para darles solución.

Debe resultarle muy frustrante tener que defender a su antecesor, mientras ve cómo las consecuencias de sus disparates distraen a su gobierno, desangran su energía y se comen los recursos que ella necesitaría para lograr sus objetivos.

En segundo lugar, es justo reconocer que Sheinbaum gobierna con apego a principios y valores —como la equidad y la igualdad— que la han acompañado toda su vida. Llama la atención, sin embargo, el contraste entre la vehemencia con la que promueve esos principios y la negligencia con la que trata otros igualmente presentes en su trayectoria, como la exigencia de cuentas a los gobiernos anteriores.

Curiosamente, ahí no hay igualdad: para el pasado remoto, justicia a secas; pero si se trata del pasado más reciente, la presidenta asume el rol de encubridora en jefe de su jefe, los hijos de su jefe y otros jerarcas del régimen que durante seis años protagonizaron un saqueo de proporciones históricas.

La tercera conclusión es que el informe refuerza lo que aquí reitero semanalmente: por más que un gobierno haga bien las cosas —claramente no estoy pensando en el actual—, no puede por sí solo transformar un país para bien. Quizá el actual logre evitar la quiebra nacional, reducir los homicidios (omitiendo convenientemente las desapariciones), realizar algunas obras y, tal vez, aprovechando la impresentabilidad de la oposición tradicional, ganar las elecciones de 2027. Pero no puede, y ni siquiera aspira a, cambiar la realidad de un país instalado y resignado a la mediocridad.

Y no la puede cambiar porque nunca ha convocado a la sociedad a hacerlo juntos. Nos llama recurrentemente a ejercer derechos, recibir pensiones, becas, programas sociales, “celebrar”, votar, acudir a mítines, pero nunca a asumir una corresponsabilidad cívica activa. Y sin el concurso de los ciudadanos en la vida pública y su involucramiento activo en la solución de los problemas nacionales, podrán pasar 20 sexenios y los retos estructurales del país seguirán intactos.

Ya perdimos dos años-país y, lo que revela el “vamos muy bien" de la presidenta, es que de este gobierno no podemos esperar mucho más. Consecuentemente, nos quedan únicamente dos opciones: resignarnos a perder otros cuatro años, o pensar, organizarnos y trabajar, seriamente, con o sin ella y su gobierno para cambiar nuestra realidad.

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