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Digger

Culiacán, Sin.- Tom Cruise interpreta en Digger a un excéntrico magnate petrolero en una sátira que incomoda, provoca y divide al público. Bajo la dirección de Alejandro González Iñárritu, el cineasta mexicano de Amores perros, Birdman y El renacido, la película construye una crítica feroz al capitalismo depredador y a la irresponsabilidad de quienes, por acumular riqueza y poder, parecen dispuestos a sacrificar el futuro de la humanidad.

Digger Rockwell es un millonario megalómano que se cree el centro del universo. Un personaje despreciable, aunque dotado de carisma, que parece preocuparse más por su gata que por las consecuencias de sus decisiones. Una caricatura desmesurada que, lamentablemente, quizá no esté tan alejada de la realidad.

John Goodman, en el papel del presidente de Estados Unidos, completa este retrato de un poder político que, en lugar de contener los excesos económicos, parece dispuesto a convivir con ellos. La sátira es deliberadamente estridente, por momentos excesiva; algunas escenas alcanzan una enorme fuerza expresiva, mientras otras pierden efectividad entre tantos recursos y provocaciones. Sin embargo, su mensaje es inequívoco: la ambición sin límites puede conducirnos al desastre.

El desenlace lleva esa advertencia a sus últimas consecuencias. El espectador se enfrenta a la imagen de un Nueva York futuro, caótico, contaminado, inundado y decadente. La devastación ecológica deja de ser una amenaza abstracta para convertirse en el escenario de una tragedia anunciada. El capitalismo rapaz termina por destruir las condiciones que hacen posible la vida. Es, en esencia, un daño autoinfligido.

Y aquí es donde la ficción encuentra un inquietante paralelismo con Sinaloa.

Después de 760 días de violencia, nuestro estado continúa padeciendo una crisis de inseguridad y una profunda fractura económica y social. Pero esta tragedia no surgió de la nada. Durante décadas, una parte de la sociedad sinaloense convivió con la presencia del crimen organizado, mientras determinados sectores económicos se beneficiaban de una prosperidad cuya procedencia, en no pocos casos, merecía preguntas incómodas.

El comercio de joyas, el sector automotriz y los bienes raíces, entre otras actividades, conocieron periodos de auge alimentados por una circulación de dinero que contribuyó a crear burbujas económicas. Al mismo tiempo, escuelas, clubes sociales y otros espacios abrieron sus puertas sin que pareciera importar demasiado el origen de ciertas fortunas. Se produjo una permeabilidad social que muchos conocían, pero pocos estaban dispuestos a cuestionar públicamente.

No se trata de responsabilizar a toda la sociedad ni de ignorar a quienes han sido víctimas de la violencia. Se trata de reconocer que la normalización de la ilegalidad, la indiferencia y el silencio tienen consecuencias. Cuando el dinero importa más que su procedencia y el éxito se mide sin reparar en los medios para alcanzarlo, se debilitan los límites éticos que sostienen a una comunidad.

Como en Digger, el desastre no aparece de un día para otro. Se anuncia, crece y termina por alcanzarnos. La diferencia es que Sinaloa no es una ficción ni sus muertos, desaparecidos, negocios cerrados y familias desplazadas forman parte de un guion cinematográfico.

La lección es tan incómoda como necesaria: no basta con indignarnos cuando las consecuencias se vuelven insoportables. También debemos examinar las tolerancias, complicidades y silencios que permitieron que el problema creciera.

Porque una sociedad no puede declararse sorprendida por una tragedia que durante años prefirió no mirar de frente. Y mucho menos podrá superarla mientras siga confundiendo la prosperidad con la impunidad.

Como dice la sabiduría popular: “El que por su gusto es buey, hasta la coyunda lame”.

Pero en Sinaloa la factura de esa tolerancia no la están pagando únicamente quienes la hicieron posible… La estamos pagando todos.

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