Los graves incidentes ocurridos en Paris tras el triunfo del equipo de futbol local, el PSG, que incluyeron destrucción de mobiliario urbano, lanzamiento de morteros, quema de autos, saqueos y vandalismo de monumentos, protagonizados por jóvenes que habitan en la periferia parisina (la banlieue) han causado indignación, en una sociedad que se ha acostumbrado a exabruptos semejantes y recurrentes tras eventos deportivos, o en festejos populares como el 14 de julio.
Esas juventudes dan rienda suelta de manera violenta y descontrolada a su rabia y a su resentimiento contra la policía, el Estado, producto de décadas de marginación y aislamiento en anómicos multifamiliares de concreto, eufemísticamente denominadas viviendas de alquiler moderado (los HLM).
Desde el fin de la guerra con Prusia, Francia fue un país abierto a la inmigración por razones de estricta supervivencia. Frente al vigoroso crecimiento demográfico de la Alemania unificada, la Francia del último cuarto del siglo XIX padeció un déficit demográfico, especialmente grave a la hora de formar un ejército poderoso y ponerlo en pie de lucha.
Así, sucesivas oleadas de inmigrantes fueron, no sólo toleradas, sino incluso fomentadas por los gobiernos de la época. Inicialmente los belgas, que cruzaron la frontera para trabajar en la cuenca minera de Nord-Pas-de-Calais, huyendo de la pobreza y respondiendo al llamamiento a la mano de obra de la Revolución Industrial de los siglos XIX y XX. Luego italianos, españoles, armenios y rusos fueron estableciéndose e integrándose a la nación francesa.
Todos acabaron abrazando una ciudadanía republicana, inculcada a través de la educación pública gratuita, laica y obligatoria, instaurada por el ministro de Educación de la Tercerea República, Jules Ferry y la religión cívica de los símbolos patrios la bandera tricolor y la Marsellesa.
El modelo francés de integración se reveló entonces como un éxito. O por lo menos lo fue hasta la llegada, durante la posguerra y los posteriores “Treinta Años Gloriosos (1946-76), de nuevos inmigrantes provenientes de las antiguas posesiones francesas en el Norte de África: Argelia, Marruecos y Túnez, mismos que fueron confinados al cinturón suburbano de las grandes ciudades.
En esas localidades periféricas se engendró una subclase alienada que es francesa de derecho, mas no de hecho, que no se siente identificada con los símbolos de esa nación y que, cada vez que puede los repudia y profana, tal y como sucede con las rechiflas al himno nacional francés proferidas en encuentros deportivos entre Francia y los equipos norafricanos.
Son los franceses no asimilados. La juventud marginada que Mathieu Kassovitz retrató en su película de 1995 La Haine (El Odio), o a la que el expresidente Sarkozy llamó despectivamente la racaille (la escoria). Son el testimonio viviente del fracaso de la Quinta República francesa en integrar a los descendientes de la inmigración magrebí.
Los disturbios han dado pie a reacciones airadas de parte de la extrema derecha. Así, la dirigente histórica de la ultraderechista Agrupación Nacional (RN), Marine Le Pen, ha lanzado la siguiente pregunta retórica: “No entiendo por qué se permite que extranjeros que infringen la ley se queden aquí. ¿Qué nos obliga a retenerlos?” Su delfín, Jordan Bardella, ha clamado por seguridad y orden.
En idéntica tesitura, Eric Zemmour, principal dirigente del partido igualmente ultraderechista Reconquête, habla del “enemigo interior” y clama por la deportación inmediata masiva y forzosa reemigración, es decir la deportación sumaria de los inmigrantes magrebíes y de sus descendientes que gozan de doble nacionalidad.
Por lo pronto, los últimos sondeos conceden a Bardella 50% de la intención de voto.
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