En julio de 2024 Keir Starmer llevó de vuelta al poder al Partido Laborista, después de una larga travesía en el desierto que duro 14 años. Lo hizo de manera aplastante, al obtener una holgada mayoría de 411 escaños de un total de 650 que componen el Parlamento de Westminster. En suma, un margen holgado para llevar a cabo un programa ambicioso de gobierno sin cortapisas.
Hombre íntegro, impulsado por una mística del servicio público, Starmer extirpó el antisemitismo y el euroescepticismo que se habían enquistado en el partido, bajo la dirigencia de Jeremy Corbyn.
Ya como primer ministro, Starmer se dio a la tarea titánica de revertir el declive británico legado por el Brexit -acaso el proyecto político más autodestructivo del presente siglo- y de la incompetente gestión de cuatro sucesivos gobiernos conservadores.
En menos de dos años sus logros fueron considerables: contuvo la inmigración clandestina, redujo las listas de espera en la sanidad pública, restauró las relaciones con la UE, etc. No obstante, fue tachado repetidamente por los medios como un político gris y sin carisma, con un vitriolo sin precedentes.
El idilio con los votantes fue más que efímero. A menos de un mes de haber asumido el cargo, un apuñalamiento masivo de niñas en una academia de danza en las afueras de Liverpool, a manos de un joven británico, hijo de refugiados ruandeses, desató una ola de disturbios xenófobos.
Un traspié crucial ocurrió cuando Starmer nombró a lord Mandelson embajador del Reino Unido en Washington. Esta decisión involucró indirectamente al primer ministro en los escándalos relacionados con Jeffrey Epstein, sin que tuviera vela en ese entierro. La derrota estrepitosa del laborismo en las elecciones locales y municipales fue el último clavo en el féretro político de Starmer. Al final fue la rebelión interna en las filas de su partido la que acabó derrocándolo del poder que se expresó en la dimisión de varios miembros destacados de su gabinete.
Starmer acabó siendo odiado y vilipendiado por un electorado que se reveló veleidoso, en un país aparentemente ingobernable.
Rara vez se ha visto un contraste tan marcado entre la gestión de un primer ministro y la percepción pública de la misma. Esto demuestra la influencia polarizante y perniciosa del ecosistema mediático, no sólo de los tabloides sensacionalistas, sino incluso los noticieros de la BBC, otrora prudentes y circunspectos y hoy parte de la cacofonía estridente.
También dice mucho la coincidencia de personajes tan disímbolos y antagónicos, en la campaña de acoso y derribo, proseguida sin tregua contra Starmer: el multimillonario, activista ultra y dueño de la red social X, Elon Musk; Nigel Farage, principal dirigente del xenófobo Reform Party y principal artífice del Brexit; el muy conservador magnate de la prensa, Rupert Murdoch, de una parte, y Zac Polanski, líder del Partido Verde británico, y Corbyn en el otro extremo del espectro político. Incluso, el presidente Trump se permitió la licencia nada diplomática de anunciar su renuncia, mucho antes de que Starmer la presentase formalmente.
Las implicaciones de esto son muy graves para el devenir de la democracia liberal. La ruta ha sido señalada con diáfana y preocupante claridad: basta una cruzada tenaz e implacable de desinformación, propaganda y bulos para revertir el mandato de las urnas. En la era de la política del espectáculo parecería que cuentan más las percepciones e impresiones, aunque sean inducidas, que los hechos.
Ahora, Andrew Burnham, exalcalde de Manchester, se perfila como próximo primer ministro. El séptimo en 10 años.
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