“La esencia del totalitarismo moderno es la insistencia en un tipo único de virtud y la correspondiente destrucción de todo freno tradicional. El esfuerzo por uniformar la nueva moral ha dado lugar a pasiones desconocidas y ha hecho que los gobiernos se arrogaran poderes sin precedente en la historia”
Henry Kissinger, Mis Memorias
El movimiento político que impulsa al Estado en México, la cuarta transformación, se ha dado a la tarea de desmantelar la democracia liberal en nuestro país, prefiriendo seguir el camino descrito por Anacarsis, filósofo escita del siglo VI a.C., que sostenía que las leyes son como telarañas, suficientemente fuertes (pájaros) para detener sólo a los débiles (insectos) y demasiado débiles para detener a los fuertes.
Central en este proceso ha sido el resurgimiento de la derrotada razón de Estado: una razón independiente de la libertad, la democracia, la moral y la justicia. Enemiga declarada de la democracia liberal, se ha vuelto a encumbrar, ubicándose por encima de la Constitución política.
Partícipe de las etapas más oscuras del siglo XX, la cuarta transformación ha sido impuesta mediante narrativas políticas que influyen en la opinión pública y manipulan la percepción de la realidad con el fin de mantener y acrecentar el poder sin cortapisas y en claro incumplimiento de las obligaciones fiduciarias del Estado.
En esta narrativa, la verdad objetiva no representa un valor fundamental en la política, la sociedad y la economía. El uso de la posverdad, la creación de hechos alternativos para influir en la opinión pública, centra su tarea en atacar hechos y realidades que afectan la esfera de las libertades individuales y sociales. A la desinformación, nos dice Naomi Klein, se suma la estrategia de la confusión. La violencia simbólica forma parte de este complejo proceso, lo que facilita la polarización política.
El encumbramiento de la razón de Estado se ha dado siguiendo un plan y una programación de alta intencionalidad política que reproduce una operación de desmonte: escarbar, rebajar el nivel del terreno y remover la vegetación, sacándola de raíz, para preparar el espacio antes de construir.
Pieza fundamental ha sido el combate a las actividades institucionales del Estado que tengan como propósito la autocorrección, el autocontrol, el seguimiento, la trazabilidad del gasto público, la evaluación, el control interno, la rendición de cuentas, la fiscalización y la transparencia de la información. Se trata de erradicar cualquier acción que permita conocer cómo los recursos de la sociedad son empleados, cómo rinden nuestros impuestos y si las actividades institucionales son realizadas con economía, eficiencia, eficacia, transparencia y honradez.
A las acciones de impunidad del Poder Ejecutivo se suman la renuncia del Poder Legislativo a la supervisión legislativa y la omisión de la Fiscalía General de la República a investigar delitos, perseguirlos y procurar justicia. Las reformas al Poder Judicial y al sistema electoral rematan el cuadro de control de la ahora autocracia mexicana. Y con ello, la ruptura del equilibrio de poderes y la eliminación de pesos y contrapesos.
Entre ellos, la violencia política del Poder Ejecutivo se concentró en desraizar nuevas estructuras funcionales de la democracia tale como órganos autónomos constitucionales creados directamente en la Constitución, con autonomía funcional, financiera y de gestión, para ejercer funciones primordiales del Estado, actuando como contrapesos a los poderes tradicionales y garantizando la independencia de sectores clave para la democracia y los derechos humanos.
Lamentable es esta postura del consecuencialismo cuatroteísta que parece sostener con sus acciones que la corrección moral de sus actos depende únicamente de sus resultados. Nuestra libertad es sacrificable.
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