Teatrales como siempre, los franceses despiden a Macron con una mise-en-scéne bien organizada con violentas protestas por la carestía, el precio de la gasolina, la falta de “calidad educativa” (lo que eso signifique), de papel sanitario en los baños escolares o de agua Evian. Y para anunciar, con llamativos saqueos, robos, incendios y salvajismo, que la revolución llegó, que se acabó el reinado de…(aquí ponga el nombre que se le ocurra), que los jovencitos (y los no tanto) quieren casa y auto propios a los 25 años.
Todo, por supuesto, gratuito, sin esfuerzo y con cargo a los Arnault, los Pinault, los Bettencourt y al que se deje.
Las manifestaciones de estos días protagonizadas por una mescolanza de vagos, clochards, migrantes, pandilleros, musulmanes radicales y, obviamente, estudiantes infaltables, exhiben su cursilería habitual, que resumió correctamente David Bell, un profesor de Princeton: las protestas están tan arraigadas en la escena pública francesa que por décadas "las calles han sido la cuarta rama del gobierno, un último recurso cuando el Legislativo, Ejecutivo y Judicial no resuelven”.
En simultáneo, aparecen rápidamente los oportunistas tipo Piketty, Mélenchon, las ONG (y los analistas locales de cualquier país) para verbalizar las exigencias de la rebelión: más gasto público y más de todo, como ha sido típico del muy ineficiente y burocrático Estado francés y de otros países europeos que hasta ahora se percatan de que llegó la hora de pagar la cuenta porque el mundo no es como lo pintaba la literatura -bucólico, romántico, lleno de valores- sino el más rústico sendero del trabajo, el esfuerzo, la moderación o la productividad.
Más allá de eso ¿qué hay detrás?
Por un lado, que la economía francesa ya no resiste su modelo parasitario, donde viven del Estado 30 millones de adultos entre pensionistas, burócratas y beneficiarios de toda laya contra 21 millones que trabajan en el sector privado; donde el gasto público es 57% del PIB y donde no ha habido presupuesto equilibrado desde 1974. No es casualidad que en el índice de competitividad del IMD, Francia aparezca en el lugar 52 sobre 70 países en “eficiencia gubernamental”, su peor evaluación por la crisis fiscal y las excesivas regulaciones. Dicho en corto: los franceses quieren una “sociedad de derechos”… con muy pocas obligaciones.
Por otro, la violencia callejera machaca los latiguillos que asocian juventud con una serie de ventajas comparativas como “dar paso a las nuevas generaciones”, “la rebeldía cambió de bando” y otras con más lirismo que realismo.
El problema es que suponer que estar en la plataforma juvenil sería, por sí solo, el pase automático hacia un buen burdeos y foie gras no resultó. Entonces, de la épica política se pasa a un cliché: la romantización de la juventud. Y, como dijera Mao -que conste: Mao-, un cliché es algo “vacío, estereotipado y dogmático”.
Véase este boom, tan atractivo como ilusorio, que hay por el griterío de los jóvenes –“furiosos, valientes, creativos”- y las confusiones mediáticas a la hora de reportarlo: “los jóvenes revolucionarios de la Generación Z tienen un poder real… Pero no el de controlar lo que han empezado, ni de garantizar que los movimientos que pusieron en marcha mejoren realmente sus vidas” (The New York Times, 10-19-2025).
Cierto, no tienen un poder efectivo sino más bien reflejan una inconformidad orgánica y políticamente estéril. Pueden tumbar a un ministro y hasta un gobierno, pero hacer crecer la economía, el empleo o la calidad educativa está más cuesta arriba. Los desmanes, sí, son violentos y cromáticos, pero no transforman el orden de las cosas.
Recomendar Nota
