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Jalisco: capital del garrafón

Guadalajara, Jal.- La cosa es bien fácil: si no te sale agua limpia en casa, si ésta llenó cada rincón del hogar con un suave aroma a huevo podrido o si de plano ni un chorrito turbio expulsa el grifo, no te apures, las autoridades están ahí para resolverlo… a garrafonazos.

En la medida de lo posible —y de que hayas hecho tu respectiva denuncia—, tu colonia entrará a un concurso-sorteo-tómbola con cena-baile-show y doña derechos humanos decidirá si, en efecto, por tu bello barrio tapatío pasa agua con solución intestinal.

Luego entonces, pasarán 15 días hasta que el tío SIAPA, el organismo operador, te envíe sus disculpas con un 80% de descuento porque te entrega un agua que, de todas formas, no vale el 20% restante. ¿O a poco te interesa lavar tus platos o bañarte entre heces fecales?

Pero el agua marrón que hoy llega a miles de hogares no apareció por generación espontánea. Tiene nombre, historia y responsables.

Hoy, el gobierno de Pablo Lemus sostiene que enfrenta la emergencia con medidas inmediatas. Su secretario de Salud recomendó a la ciudadanía usar garrafones para sus actividades diarias y, poco después, esa idea terminó convertida en política pública: ahora se rellenan garrafones con agua purificada en las colonias cuyos habitantes denunciaron que la que sale del grifo es marrón y hedionda.

Sin embargo, la crisis que hoy intenta administrar comenzó mucho antes. La administración de Enrique Alfaro por supuesto que agravó el deterioro, pues bajo la tutela de Carlos Enrique Torres Lugo desapareció la comunicación institucional, se suspendieron los mantenimientos anuales del acueducto clave para Guadalajara con el argumento de la pandemia y se heredó una crisis que nadie en el gobierno actual hablará en voz alta porque… pues el de atrás paga.

Antes, con el priista Aristóteles Sandoval, el SIAPA fue estatizado. Y, cómo no, la presidencia del Consejo de Administración quedó en manos de un político, Francisco Ayón, quien al mismo tiempo encabezaba la Secretaría de Educación y el Instituto de Pensiones. Eventualmente, Ayón terminó en prisión por desvío y aprovechamiento indebido de atribuciones y facultades en el Ipejal.

Pero para entender por qué llegamos al garrafonazo hay que retroceder todavía más.

Una de las grandes razones por las que el agua en la segunda ciudad más grande de México sale con bacterias es porque el organismo encargado de dotarla terminó convertido en una agencia de colocación de compas desde que el panista Emilio González Márquez tenía la batuta de esta fina orquesta (2007-2013).

Fue él quien colocó a Rodolfo Ocampo, un político con aspiraciones, al frente del SIAPA. También impulsó el nombramiento de su hermano, Samuel González Márquez, como gerente de Saneamiento.

Por supuesto que los yerros durante ese periodo no faltaron. Ocampo contrató un crédito por mil 200 millones de pesos con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2008 para un programa que básicamente consistió en instalar tuberías que no conectaban con ninguna fuente de abastecimiento.

Eventualmente, el chistecito y la malversación de 120 millones de pesos de ese financiamiento para cubrir el gasto corriente llevaron a Ocampo a prisión durante tres años.

Como puedes leer, esta crisis no apareció de un día para otro: es el resultado de convertir al organismo encargado del recurso más importante de la ciudad en un espacio de cuotas políticas, mientras las tuberías envejecen y los problemas no tendrán responsables del pasado porque desde ahí se construyeron las carreras que hoy quieren hacer futuro.

Por cosas como esas, Jalisco ha probado su valía como la capital del absurdo… y del garrafón, el nuevo símbolo de la política hídrica estatal.

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