Sin previo aviso, el expresidente López Obrador irrumpió en la escena pública. Lo hizo mediante una carta que deja más dudas que certezas y contiene dos o tres mensajes relevantes. El tabasqueño permanece recluido en una finca en Chiapas, con la ventaja de tener cerca, por si se ofrece, un hospital y un cuartel del Ejército.
La carta tiene varios destinatarios, no únicamente Donald Trump, presidente de Estados Unidos. También parece dirigida a la militancia de Morena, a los funcionarios del gobierno, a las Fuerzas Armadas y a la propia titular del Ejecutivo. En una primera lectura —que, por cierto, exige más de una revisión para comprenderla sin confusiones— se percibe una redacción apresurada y poco reflexiva. El uso excesivo de adjetivos transmite desesperación y una evidente pérdida de control.
La misiva forma parte de una secuencia de acontecimientos que incluye la renuncia de Andrés López Beltrán a su cargo partidista y su destape como candidato a diputado; el discurso de la presidenta en el Monumento a la Revolución; las noticias sobre presuntos vínculos de personajes de Morena con el crimen organizado; la crisis con el gobierno de Chihuahua, y los cuestionamientos sobre la inacción en materia de seguridad durante la administración que encabezó. A ello se suma que, un día sí y otro también, surgen señales de que la economía nacional y las finanzas públicas atraviesan momentos de incertidumbre.
Por lo general, cuando un expresidente pertenece al mismo partido que el mandatario en funciones, opta por la discreción y procura no generar turbulencias. ¿Existen excepciones? Sí: Cárdenas durante los gobiernos de Ávila Camacho y López Mateos, y Echeverría en los años de López Portillo. Sin embargo, el caso más contundente es el del periodo conocido como el Maximato, cuando Calles intentó gobernar a través de sus sucesores. Aquella etapa terminó cuando el Tata lo subió a un avión y lo expulsó del país.
Con esta carta, López Obrador: 1) se asume como líder moral del movimiento que gobierna México; 2) presume un conocimiento geopolítico que no posee; 3) defiende la incompetencia de su gobierno en materia de seguridad; 4) enturbia la relación con los vecinos del norte; 5) vuelve a exhibir una personalidad de rasgos mesiánicos, y 6) demuestra ignorancia en materia histórica.
Obrador sueña con ocupar en la historia el lugar de figuras como Cárdenas o Juárez. Sin embargo, le espera el mismo casillero reservado para aquel veracruzano que entregó el país a intereses extranjeros y a quien la historia recuerda como el seductor de la patria.
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