Una característica de los gobernadores emanados de Morena es su pésimo desempeño, y uno de los mejores ejemplos de esa indolencia es Víctor Manuel Castro, que ostenta ese cargo en Baja California Sur. La entidad se encuentra sumida en la inseguridad y, como en otras entidades, no hay obra pública, los municipios se mueren en la inanición presupuestal y la infraestructura se cae a pedazos.
El territorio del estado se distingue por su riqueza natural, con bellas playas, un medio ambiente único, serranías impresionantes y también un legado histórico de indudable importancia. Los pueblos originarios dejaron su huella en lugares como la sierra de San Francisco. El virreinato se hace sentir en las construcciones jesuitas que dieron origen a poblaciones actuales. La red de misiones que impulsaron los seguidores de san Ignacio comprendía las ubicadas en San Javier, Mulegé, Todos Santos, Santiago, San Ignacio y San José del Cabo; hoy son símbolo del triunfo de la fe y el tesón de sus habitantes.
En el siglo XIX, tan luminoso como trágico para México, su capital se trasladó a lo que fue la Misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz Airapí. Pero en esa centuria apareció la pérfida ambición del vecino del norte sobre los territorios del país y, durante la infame invasión, la nueva capital fue ocupada por los gringos, no obstante la defensa que hicieron algunos de sus habitantes. Por fortuna, el saqueo que realizó el gobierno americano no incluyó el territorio peninsular, aun cuando hay suficientes indicios de que le traían bastantes ganitas.
El destino de esos alejados territorios cambió en los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo. Durante el mandato del primero nacieron dos entidades federativas y se descubrió el potencial turístico. Los presidentes impulsaron la zona y mostraron al mundo lugares como La Paz y el hermoso Loreto.
Por otro lado, construyeron desde cero el complejo de Los Cabos, hoy polo de desarrollo regional y destino para el turismo de todo el mundo. El éxito del sitio es evidente y, para comprobarlo, basta revisar el número de vuelos nacionales e internacionales que llegan a su aeropuerto o evaluar el éxito de su marina, donde fondean embarcaciones de todo el planeta.
Hasta la llegada de Morena, a Baja California Sur le había ido bastante bien. El concepto de desarrollo y toda la infraestructura datan de los tiempos pretéritos. El gran simulador, me refiero a López Obrador, generó una falsa narrativa que lo llevó al poder y, con él, a políticos de poca monta, dicharacheros los unos y truhanes los otros. En la entidad, Víctor Castro reúne los dos atributos que distinguen al morenismo.
En las mesas de los restaurantes, durante las tertulias de amigos y las charlas con empleados del sector turístico, brota siempre el tema del crimen organizado y su control sobre todo el estado. Se habla del pago de piso, los homicidios y la extraña permisividad del gobernador. Los interlocutores entienden que la lejanía con el centro y las características de la entidad le han permitido al gobernador no estar en el ojo del huracán. Pero todos padecen la falta de Estado de derecho y coinciden en los nombres de los delincuentes, los grupos que actúan en la zona y la forma de operar.
El mal desempeño de las autoridades y su conducta frívola anticipan la derrota de Morena. Sin embargo, muchos dicen que la banda de fanáticos le apuesta a usar los mecanismos que los llevaron al triunfo en Michoacán y Sinaloa.
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