En octubre, las elecciones en Brasil e Israel mostraron algunas de las tensiones que atraviesan a las democracias contemporáneas. Brasil reeligió a Lula frente a Flávio Bolsonaro en una segunda vuelta marcada por el rechazo recíproco de los candidatos. Según Datafolha, 48% de los electores jamás votaría por uno de los candidatos. Israel acudió a las urnas con una participación récord. Produjo un resultado donde ningún partido alcanzó la mayoría. Hoy, Estados Unidos llega a sus elecciones intermedias con 45% de ciudadanos que, según Gallup, no se identifican con ninguno de los dos grandes partidos. Los tres casos plantean, desde circunstancias diferentes, una pregunta sobre el funcionamiento de la representación política. Polarización, fragmentación, desafección: tres síntomas distintos. ¿Una misma enfermedad?
Representar significa actuar por otro, con su autorización y bajo su control. Los fundadores del gobierno representativo aceptaron deliberadamente cierta distancia entre gobernantes y gobernados. Sieyès la entendió como una división del trabajo, y Madison, como un filtro para procesar las preferencias populares. Lo que convierte esa distancia en representación es que puede revocarse por quien la otorgó.
Los sistemas electorales organizan de manera distinta esa relación. En Brasil, la segunda vuelta obligó a elegir entre dos candidatos que despertaban un rechazo considerable. En Israel, la representación proporcional produjo un resultado fragmentado que deberá negociar para formar gobierno. En Estados Unidos, el bipartidismo limita las opciones de un electorado crecientemente distanciado de ambas organizaciones. Las reglas importan, aunque la explicación también debe buscarse en la evolución de los partidos.
Robert Michels advirtió desde 1911 sobre la tendencia de las organizaciones a concentrar el poder en sus dirigencias. Décadas después, Katz y Mair desarrollaron el concepto de partidos cártel para describir organizaciones cada vez más dependientes de los recursos del Estado y de los incentivos para preservar sus posiciones. Cuando las dirigencias controlan las candidaturas y limitan la competencia interna, los electores ven reducida su capacidad de influir en la selección de quienes habrán de representarlos. En Israel, por ejemplo, el Likud autorizó a Netanyahu a designar ocho candidatos entre los primeros 30 lugares de su lista.
Algunos partidos se han convertido, además, en vehículos personales. Milei y Bukele construyeron organizaciones alrededor de sus liderazgos. Su capacidad para movilizar electores puede coexistir con una débil institucionalización partidista. En esas condiciones, los mecanismos internos de control pierden eficacia y la organización depende crecientemente de su dirigente.
En México, Morena nació alrededor del liderazgo de López Obrador y logró concentrar una parte considerable del poder político. Su desafío consiste ahora en desarrollar una identidad institucional independiente de su fundador. Al mismo tiempo, la confianza ciudadana en los partidos cayó de 30% en 2024 a 18% en 2026, según Latinobarómetro. La concentración del poder ocurre así en un contexto de creciente desconfianza hacia las organizaciones partidistas y de debilidad de las alternativas políticas.
El populismo acentúa estos problemas cuando sus dirigentes reclaman una relación exclusiva con el pueblo y descalifican a quienes disputan su representación. En una sociedad plural, ninguna persona puede pretender representar por sí misma la voluntad colectiva. La democracia supone reconocer la legitimidad de otras opciones y aceptar la posibilidad de perder el poder.
Creo que una parte de la solución es asegurar que quien representa pueda ser realmente removido por aquellos a quienes dice representar. Si en esta condición la representación puede perder buena parte de su significado democrático. Por otro lado se necesitan partidos capaces de articular intereses, procesar desacuerdos y ofrecer alternativas políticas. Dejo una pregunta abierta. ¿Reconstruir a los partidos o inventar nuevas formas de representación? Es un dilema que enciende el futuro.
Recomendar Nota
