Desde que llegó a México a Isabel Díaz Ayuso le pusieron marcaje para hostilizarla, reventarle eventos y fue censurada por el Grupo Xcaret para que no hablara en una gala cultural.
¿Siguen diciendo, en el gobierno y su partido, que México es un país de libertades?
No, ya no lo es.
Cuando Claudia Sheinbaum fue recientemente a España a una reunión de presidentes populistas, nadie la molestó en un aeropuerto, ni opositores al gobierno socialista se organizaron para arruinarle reuniones o importunarla en paseos públicos.
Aquí fue la presidenta de la República la que encendió los ánimos contra la presidenta de la Comunidad de Madrid con ataques directos y tildó de ignorantes a quienes la invitaron.
El Grupo Xcaret, para vergüenza de México y retrato de un empresariado servil al poder autoritario, exigió a los organizadores del Premio Platino que le retiraran la invitación a Isabel Díaz Ayuso “debido a sus desafortunadas declaraciones”.
Al Grupo Xcaret, informaron sus directivos en un comunicado, no le ordenaron humillarse: se humilló a sí mismo.
¿País de libertades? Sí, cómo no.
Censores, autoritarios y acomplejados crearon el clima hostil contra la visitante con el argumento de que reivindicó a Hernán Cortés. ¿Y?
En Madrid hay una calle y una estatua ecuestre de Simón Bolívar, que ordenó a sus tropas exterminar hasta el último español de América del Sur en las guerras de independencia.
No es Díaz Ayuso quien daña a México, sino el fanatismo de la secta de paranoicos e intolerantes que nos gobiernan y aíslan al país por sus atavismos ideológicos y fobias personales.
“En México gobiernan los cárteles, nadie más”, dijo Donald Trump en el más duro y directo señalamiento (aviso) que se haya hecho a la administración de Claudia Sheimbaum.
Y en lugar de sentarse a hablar con Trump cara a cara, nuestra presidenta responde con boletines de Gobernación, parodias de mal gusto y arengas patrioteras.
Esta semana se reunirán Donald Trump y el presidente Xi Jinping en medio de un explosivo forcejeo comercial y geopolítico. Hablan entre ellos.
La semana pasada estuvo en la Casa Blanca Lula da Silva, presidente de Brasil, al que Trump ha maltratado con aranceles y expresiones rudas, y el mandatario sudamericano responde en tono desafiante con el acercamiento a China. Pero se sientan a hablar.
Gustavo Petro, el exguerrillero que gobierna Colombia y es detestado por Trump, fue a la Casa Blanca hace un par de semanas y hablaron de manera cordial y extensa.
México es el vecino, principal socio y objeto de amenazas creíbles de parte del presidente de Estados Unidos, y Claudia Sheinbaum no toma un avión para hablar con él, o lo invita a México con una agenda de propuestas eficaces de colaboración contra un enemigo común y aclarar lo que haya que aclarar.
Ni embajador tenemos en Estados Unidos, porque el anunciado aún no recibe el beneplácito y de Esteban Moctezuma no hay noticias.
Aislados y a la deriva nos encontramos, en plena marejada del incierto siglo XXI.
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