La semana pasada veíamos que nuestra actual capacidad de convocatoria y los medios con los que contamos para coordinarnos serían la envidia de Miguel Hidalgo o Francisco I. Madero, quienes, con recursos infinitamente menores, convocaron a la Independencia y la Revolución.
Toda proporción guardada, otra gran convocatoria que hoy nos parece irrepetible es la realizada durante el surgimiento del Teletón. Se podría atribuir su éxito al control centralizado de los medios y a que la atención del país se centraba en unos cuantos canales, pero estoy seguro de que, en los 90, Chobi Landeros habría dado cualquier cosa por contar para su causa con el alcance que hoy nos ofrecen las redes sociales.
Sin embargo, a nosotros, que tenemos estos medios en el bolsillo, nos parece imposible convocar a nuestros pares a mejorar la comunidad de la que formamos parte. Pensamos que no se puede porque estamos demasiado confrontados, el tejido social está desgastado, la atención está capturada por algoritmos, o porque hay demasiadas voces enviando mensajes al mismo tiempo.
El punto, más allá de estos factores —que claramente dificultan la tarea—, es que estamos desaprovechando el alcance que tenemos para conectar con miles de personas que anhelan vivir mejor y estarían dispuestas a colaborar para lograrlo.
Entonces, ¿por qué no lanzamos ese llamado ahora mismo?
Porque muy pocos —si acaso alguien— lo atenderían. Para mover a una sociedad se necesita una de dos cosas: sentido de urgencia —como el que provoca una pandemia o un desastre natural— o una visión común que nos convoque. Y aunque atravesamos múltiples crisis, no veo ninguna tan abrupta que nos obligue a cambiar, ni veo por ningún lado ese anhelo compartido que nos mueva a la acción.
Así, descartada la posibilidad de provocar un desastre que nos active, nuestro reto no radica en convocar, sino en construir esa imagen compartida de lo que queremos llegar a ser. Sin un consenso básico en torno a cómo nos gustaría que funcionara nuestro barrio, ciudad, estado o país, difícilmente lograremos algo que nos haga sentir orgullosos.
Y hoy más que nunca, los viejos mapas ya no sirven. Cualquier visión trazada hace apenas cinco años ha quedado obsoleta. La irrupción de la inteligencia artificial no solo está cambiando las reglas del juego, sino inaugurando una nueva época de la humanidad. Este cambio de era, cuya evolución nadie puede anticipar, nos exige repensarnos no solo en lo individual —frente al empleo o la educación—, sino como colectivo: ¿qué rol jugaremos las personas y las sociedades en este nuevo tablero planetario?
No podemos detonar la acción colaborativa en el aire. Pedirle a la comunidad que se organice y actúe sin un "para qué" compartido es inviable.
Por eso, antes de exigir coordinación o lanzar iniciativas aisladas, debemos asumir la tarea previa más urgente de nuestro tiempo. En este momento de transformación radical incipiente, la misión es construir una visión. En las próximas semanas exploraremos algunas ideas de cómo hacerlo.
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