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La paternidad como ejercicio de adopción

Es urgente resolver la crisis de identidad de los hombres, pues su ausencia compromete seriamente la viabilidad de nuestra sociedad. La masculinidad no se puede definir como concepto, pero sí identificar en sus múltiples manifestaciones, entre las cuales se encuentra la paternidad vivida como donación, como oportunidad de amar en el cuidado, protección, acompañamiento y promoción del otro. Su opuesto es el paternalismo, esa acre actitud de superioridad moral que es en realidad una forma de humillación y desprecio.

Todo ejercicio de la paternidad se realiza en la adopción, es decir, en la capacidad de asumir a otro como hijo en una relación no necesariamente vinculada a elementos genéticos. En este sentido, encuentro tres posibilidades de crear vínculos filiales con personas a las cuales podemos llamar hijos.

Una primera dimensión de la adopción es por relación sanguínea. En efecto, no basta con engendrar a un ser humano para convertirse en padre, es del todo necesario asumirlo plenamente como hijo. No pocos problemas con el padre encuentran su origen en la incapacidad de adoptar, es decir, de asumir plenamente al hijo. Podrá existir el vínculo genético y legal, podrán portarse apellidos, pero en manera alguna una plena relación filial. Esta forma de adopción podemos decir que llega de manera natural.

Una segunda posibilidad es la que conocemos como un clásico proceso de adopción. Una persona menor de edad queda desvinculada legalmente de su familia, por lo que ningún familiar queda en condiciones de ejercer la patria potestad, legitimado por sentencia de autoridad judicial. Entonces, la criatura puede ser asumida, es decir, adoptada por adultos elegidos en un meticuloso proceso de idoneidad hasta convertirse plenamente en padres. El vínculo es tan pleno como la realidad biológica. Se asumen apellidos y responsabilidades legales. Los hijos llegan por dos vías diferentes, biológica o adopción, pero al integrarse en la vida familiar son solamente hijos y entre ellos plenamente hermanos. Quien haga distinción comete profunda injusticia. En este caso, la filiación se busca por la parte adulta.

Existe una tercera posibilidad, más difícil de comprender. Sin importar la edad, la paternidad se asume desvinculada de realidades biológicas y legales, mas no por ello resulta menos plena. En este caso, la filiación surge de mutuo acuerdo formado poco a poco, a través del tiempo, del acompañamiento, del cariño, del amor sustentado por el testimonio de ambas partes. No hay vínculos biológicos ni legales, no se portan apellidos, incluso la palabra “padre” puede no pronunciarse; y sin embargo, la paternidad y la adopción existen por un encuentro que cambia profundamente la vida de cuantos se ven involucrados en el proceso.

La paternidad siempre es un ejercicio de adopción, ya sea que ésta llegue, se busque o se encuentre, indefectiblemente pone a prueba la identidad de un hombre, en otras palabras, su masculinidad.

Si observamos con calma, los hombres se tornan irresponsables, narcisistas y violentos en proporción inversa al ejercicio de la paternidad. En esta lógica, no es descabellado afirmar que la violencia cotidiana que nos agobia en México tiene profunda relación con la crisis de masculinidad y en ésta de la paternidad. Me atrevo a decir que es el elefante en la sala de nuestra cultura.

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