Frente a la revolución de las mujeres, los hombres tenemos el reto de pensar el significado de nuestra masculinidad de manera propositiva. Toda vez que no es posible definirla ni por oposición con las mujeres ni por conceptos unívocos, hemos acudido al método analógico para buscar campos de significado. Así, hemos identificado conductas que hacen a una persona “poco hombre”, en las que la violencia, el egoísmo y el narcisismo dominan el ambiente. Pues bien, de la misma manera podemos encontrar campos positivos de significado sobre la virilidad acudiendo a la literatura y a la historia. Por lo primero, pensemos en Odiseo y Jean Valjean. Por los segundos, San Francisco de Asís y Jesús de Nazaret.
Los primeros, a pesar de estar separados por tres mil años, tienen en común tres aspectos que los definen: el valor de la familia y, en ésta, de la paternidad como motivación existencial; su capacidad para luchar contra toda adversidad, siendo sus propias limitaciones las más importantes, como un proceso incansable para hacerse mejores hombres y su íntima relación con la divinidad, ya se trate de la protección de Atenea frente a los enojos de Zeus y Poseidón, o bien de Cristo que permite experimentar la transformación por la misericordia.
De San Francisco y Jesús conocemos muy bien sus historias y la íntima relación entre ellos a pesar de los mil 200 años que les separan. Tienen en común la vida en la misericordia como donación a los demás en la particularidad de cada ser humano, por lo que sus acciones se abren como un abanico multicolor; su relación con las personas está marcada por la empatía, el respeto y el amor incondicional lo que provoca una profunda transformación en cuantos entran en contacto con ellos, por lo que son apreciados como maestros y padres, y su relación con la divinidad, que se vive como una misión sacerdotal marcada por su entrega incondicional a la voluntad de Dios libremente elegida. En la paradoja, mientras más son para los demás, más fuerte es su personalidad y su identidad.
Tendiendo los puentes analógicos necesarios, podemos decir que los cuatro tienen en común la paternidad vivida como donación a los demás, por lo que la vida es una oportunidad de crecimiento y entrega a alguien distinto a sí mismos. El otro se transforma, es un bien que cuidar, proteger y, sobre todo, acompañar y promover.
La complejidad de los personajes mencionados hace imposible reducirlos al ejercicio de la paternidad, pero sin éste sería imposible entenderlos. Se trata de una paternidad que no está vinculada ni al matrimonio ni a la sexualidad necesariamente, vivida como entrega amorosa lo que, en consecuencia, permite vencer penalidades y limitaciones.
Obviamente, el campo de significados de la virilidad es mucho más amplio, pero me queda claro que la paternidad forma parte fundamental del mismo. De ser así, entonces los católicos tenemos una enorme responsabilidad, pues el sacerdocio vivido en celibato sería uno de los analogados principales del ejercicio de la masculinidad. Tiempo de reflexionar.
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