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Las cadenas del general y las responsabilidades políticas

Cuentan los reporteros que estuvieron en la Corte del Distrito Sur de Nueva York, que vieron entrar, encadenado, al general en retiro Gerardo Mérida Sánchez para que escuchara, de la propia juez, que hay evidencia abundante en su contra y que esta se irá develando durante el juicio.

Una triste estampa del presente mexicano, de la que no hay que perder de vista las responsabilidades políticas —al margen de las penales que tendrá que enfrentar el exsecretario de Seguridad de Sinaloa— que hay detrás de esta historia.

Los soldados siempre fueron reacios, supongo que una buena parte lo sigue siendo, de ejercer labores de policías. Tenían razones prácticas, su falta de preparación para interactuar en las dinámicas de los delitos de orden común y estructurales, ya que su misión era otra, la de defender la integridad y salvaguardar la seguridad interior, si existían perturbaciones, y la nacional, cuando fuera el caso.

Además, había un riesgo evidente al inmiscuirlos en un ecosistema en el que la corrupción es una herramienta de los bandidos para seducir o cooptar autoridades.

El general Antonio Riviello Bazán, quien fuera secretario de la Defensa, solía advertir, desde los años 90, de las presiones cada vez más intensas para involucrar al Ejército en tareas que no les correspondían y sobre el daño que podía significar la cooptación, por parte de los cárteles, de coroneles y generales, lo que implicaría un alto costo, por los recursos invertidos en la formación de los uniformados y por el desánimo que se podría producir en las tropas cuando un jefe, que es líder, termina en malos pasos.

Nunca se aquilató lo que pensaban los soldados y con el paso de los años se movilizaron tropas para combatir a los delincuentes.

Razones había y de sobra, porque los maleantes amenazaban y extorsionaban a la sociedad.

Pero, en teoría, todo debió ser temporal y sujeto a rendición de cuentas, lo que ya no ocurrió, porque ahora los militares son los responsables de la seguridad pública.

Ese es el daño mayor, porque los dejaron a la intemperie, como al general Mérida Sánchez, que quizá habría culminado su carrera de una forma muy distinta y lejos de Nueva York.

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