Al año, desde el sexenio de López Obrador, dos billones de pesos en recursos públicos, que antes se transferían a las entidades, o se ejecutaban en ellas de manera proporcional, ahora son ejercidos en obras y caprichos diseñados por el tabasqueño o en las consecuencias que su mal tino genera. Todo en la ruta de las políticas cargadas de centralismo que caracterizan a Morena.
Puebla se fundó en 1531, el 16 de abril. Es una ciudad que fue planeada y su objetivo era servir a los peninsulares de albergue y lugar de paso. En el palacio municipal hay una obra pictórica que recuerda a Motolinía y Hernando de Helguera al momento de realizar la traza original del asentamiento. Todo mientras un indígena, seguro el dueño de los terrenos, hace el trabajo físico.
Una década antes cayó Tenochtitlan. Tlaxcaltecas, texcocanos, xochimilcas, chalcas y huejotzingas, entre otros, se juntaron con los peninsulares y le pusieron una desconocida a los mexicas, el orgulloso pueblo que tenía por costumbre cobrarles tributo y, de vez en cuando, comérselos. Dicen las malas lenguas que la fundación de Puebla obedeció a tener un caserío de europeos distante de los indígenas.
Visitar la ciudad que defendió Zaragoza es una experiencia visual y gastronómica que disfruto varias veces al año. Sin embargo, hay situaciones que marcan diferencias con el pasado reciente, entre ellas: 1) la inseguridad creciente en las carreteras de la entidad y 2) el descuido evidente en la ciudad. Hay carencia de obra pública de gran calado, edificios en deterioro, pavimentos deprimentes y basura que se acumula en calles y plazas.
Puebla ha tenido buenos gobernadores y su capital, excelentes alcaldes; pero, después del sexenio de Rafael Moreno Valle, no hay buenas experiencias. Al igual que en otras entidades, los recursos federales dejaron de llegar y se mandaron a obras inútiles, como el Tren Interoceánico. La diferencia es que en otros estados hay políticos con mayor formación e idea de gobierno que enfrentan con algo de éxito la crisis de centralismo que vivimos.
El estado padece, como otros, de inseguridad; es difícil transitar por su territorio y, junto con Hidalgo, es líder en tomas clandestinas para la extracción ilegal de combustible. A sus autoridades parece importarles poco tal situación y tienen como estrategia no abordar el problema.
Por lo pronto, el visitante que viaja desde la Ciudad de México debe cuidarse de no ser asaltado en la autopista de cuota o en el Arco Norte, y el que busca llegar desde el puerto de Veracruz corre el riesgo de ser encuerado en las cumbres de Maltrata. Eso sí, al llegar le espera un paisaje similar al que vieron los franceses después de la batalla de 1863.
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