El mal se pasea a sus anchas en México. La dignidad humana es pisoteada sin consideración alguna. El mal banal, “bienpensante”, cínico, cotidiano, burocrático y brutal es practicado sin pudor alguno. Los mexicanos de a pie, hombres y mujeres del común, nos sentimos agobiados y en ocasiones perdidos, atenazados por el desánimo, casi sin esperanza. Es natural. Nos encontramos dentro del laberinto de la maldad. Y si bien es cierto que el mal se expresa en múltiples escenarios -la calle, las redes, la familia, el trabajo, la política-, en esta ocasión quiero referirme al laberinto en el cual nos ha metido la nomenclatura que finge gobernar México, ahora enucleada en Morena.
El catálogo de la maldad que configura los pasillos del laberinto es interminable. Las alianzas con el crimen organizado aparecen por todos lados. El más reciente escándalo que rodea al gobernador de Sinaloa, con licencia y protegido por todos los cuerpos de seguridad del Estado, está muy lejos de ser excepcional. Lo documenta, por lo menos, el contrabando de hidrocarburos que conocemos como huachicol fiscal, los procesos electorales, las fotografías de políticos morenistas abrazados y saludando a delincuentes. La alianza con los criminales como estrategia para ganar y conservar el poder. Por eso, a quienes atacan al crimen, persecución, y protección a los criminales y a quienes los procuran.
Se trata de la misma élite que cometió fraude contra la voluntad ciudadana en las pasadas elecciones; que desmanteló los órganos autónomos del Estado; capturó al árbitro (INE) y a los tribunales electorales (TEPJF); sometió al Poder Judicial; militarizó la seguridad pública; aumentó el catálogo de delitos por los que una persona puede ser encarcelada sin juicio previo; quitó los candados judiciales para poder bloquear las cuentas bancarias de cualquier persona, entre otras muchas atrocidades que afectan la seguridad personal, familiar, laboral y patrimonial de la gente del común.
En suma, una casta de políticos que han construido un laberinto de maldades a través de una dinámica perversa: la impunidad que alimenta la corrupción y la corrupción que alimenta la impunidad, coronada por el cinismo.
Lo aquí enumerado dista mucho de agotar el catálogo. Éstas y otras cosas han sido denunciadas innumerables veces. Nos indignamos, nos enojamos, clamamos por justicia, lo denunciamos en redes, con los amigos, en el trabajo, en la familia, en los medios y nada cambia. La nomenclatura nos ignora, miente y se burla. No es casualidad. Su objetivo es arrancarnos el alma, sumirnos en la desesperanza para mantenernos atrapados en el laberinto de la maldad. Es parte de una estrategia bien diseñada. La denuncia, al ser despreciada públicamente, alimenta la idea y nutre la sensación de que es imposible salir del laberinto. Nos dicen con sorna que no importa cuán alto gritemos, nunca seremos escuchados ni podremos salir del laberinto. Denunciar es importante y debemos seguir en ello, pero también es verdad que no es suficiente. ¿Qué hace falta para salir del laberinto? Una pregunta que nos manda seguir reflexionando sobre el tema.
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