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Trump vs. León XIV: el César, el ruido y la estupidez humana

Hemos sido testigos de los ataques de Trump contra León XIV. La razón, la denuncia del papa contra el belicismo del presidente norteamericano. Vocación no violenta que ha marcado su pontificado, anunciada en su primer mensaje el día de su elección.

La culminación de la andanada fue un virulento mensaje contra el papa, el día 12 de abril, en clara respuesta al propio de León durante la vigilia de oración en la Basílica de San Pedro el día anterior. Trump le acusó ser débil ante el crimen, favorecer las armas nucleares, apoyar a la izquierda anticatólica y dañar a la Iglesia, al tiempo de exigir su alineamiento. El remate fue la publicación de una imagen del presidente, iluminado cual Cristo taumaturgo, asistido por ángeles vestidos de soldados.

La reprobación a tanta insolencia ha sido general dentro y fuera de la Iglesia. El mismo León XIV dio una serena repuesta al afirmar que no le tiene miedo el régimen trumpista, como tampoco a los poderosos porque su misión, cual pastor, es anunciar el Evangelio a una humanidad sedienta de paz; no por un pacifismo ingenuo, sino ante la profunda necesidad de justicia en el mundo. También hizo un llamado a todos los católicos para no politizar la fe y así dar testimonio de nuestra esperanza en el resucitado.

Frente a los ánimos exaltados que ponen al hígado en modo de combate, me parece necesario serenarse y tratar de comprender lo que sucede. Por lo mismo, quiero llamar la atención en dos asuntos.

Uno. No es la primera vez que César busca controlar a la Iglesia y someterla a sus deseos. Ya Maquiavelo apuntaba las ventajas que tal cosa reportaría en la arena política. Lo cierto es que desde hace dos mil años César ha fracasado: no pudieron Constantino ni los emperadores ni los reyes medievales ni de la modernidad; no pudieron Napoleón, Bismark, Calles, Hitler, Perón ni los soviéticos. Fracasan porque su soberbia no les permite entender lo más elemental: la Iglesia existe para anunciar el Evangelio y el papa es el vicario de Cristo y sucesor de san Pedro. El ethos de la catolicidad es tal que ni siquiera los errores de la misma Iglesia han tenido la fuerza para desviar su camino. La sociología le llama sentido y propósito institucional; los católicos le agregamos la gracia de Dios.

Lo segundo tiene que ver con la hasta ahora exitosa estrategia de comunicación de Trump que convierte el ruido mediático en arma letal en la contienda política. Agobiar a los adversarios de tal manera que quedan desconcertados y el público confundido. Estrategia exitosa hasta que se topó con el papa, quien, lejos del partidismo político, anuncia a Cristo según los tiempos, las circunstancias y las personas. Y estos son los tiempos de los constructores de la paz, en medio de un militarismo galopante, frente a fundamentalismos belicistas. En suma, Trump demostró que no tiene la más pálida idea de con quién ni dónde se metió. Lo cierto es que los ríos de la soberbia siempre desembocan en el profundo mar de la estupidez humana.

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