A falta de resultados en los temas realmente críticos, los líderes de Morena, empezando por la presidenta, han reducido su verborrea cotidiana a los latiguillos de barrio que, en cierto modo, distraen porque no significan nada, no son tangibles, ni tienen forma: “México es mucha pieza”, “México está de moda” y así un largo etcétera de ocurrencias simpáticas.
Se entiende desde luego que esa práctica sea políticamente útil porque en sociedades de muy débil cultura cívica, como México, lubrica por unas horas las percepciones irracionales que, por lo mismo, no hay necesidad de comprobar. Pero en estos tiempos de abundancia de datos, estudios o rankings sobre tantas cosas, ese recurso es estéril porque lleva a contrastar al país con muchos otros y entonces las cosas se ponen feas.
Salvo en temas como la megadiversidad -que se le debe a la naturaleza y a la gracia divina-, el tamaño de la economía -cuyo mérito toca a las grandes empresas privadas nacionales y extranjeras- o las exportaciones -logros del TLCAN y el T-MEC negociados por Salinas de Gortari y Peña Nieto-, en casi todo lo demás México aparece mal parado.
La paradoja cruel es que México sale hasta arriba en los índices globales más humillantes e indecorosos, y hasta abajo en los que evalúan los aspectos más positivos y constructivos para los países.
Véanse por ejemplo las posiciones que para 2025-26 ocupa México en el Liberal Democracy Index (108); el Índice de Libertad de Freedom House (63); el récord de tener 9 de las 20 ciudades en el mundo con más homicidios por cada 100 mil habitantes; el de corrupción de Transparency International (142); el Índice Mundial de Estado de derecho (121); el Global Organized Crime Index que lo coloca en el 1er puesto; el Índice de Paz Global (135); el tercer país más demandado por inversionistas extranjeros en los tribunales internacionales de arbitraje, y, finalmente, es el más expuesto, de 70 países considerados, al llamado Trump Risk Index principalmente por las crisis de seguridad y crimen organizado, entre otros.
En cambio, México no pinta (o pinta en la mediocridad) en los índices de países y ciudades con mejor calidad de vida; en el World Competitiveness Index del IMD (lugar 55); en eficiencia gubernamental (62); el Global Innovation Index (58) de la World Intellectual Property Organization o la famosa prueba PISA (51) de la OCDE. Más aún: ninguna de sus universidades está entre las 100 mejores del mundo en los rankings del Times Higher Education, Shanghái o el QS; tampoco sobresale en el Social Progress Index (69); el Environmental Performance Index (94); el Índice de Desarrollo Humano (81); el de Safest Countries in the World (51), en el que anda por debajo de Ghana, Uzbekistán o Bangladesh; el Human Capital Index(78); en el índice Chandler de Buen Gobierno donde quedó en el sitio número 70, después de Albania, Filipinas o Ruanda, y las aerolíneas mexicanas brillan por su ausencia entre las que anualmente transportan más pasajeros en el mundo. Para mayor turbación, mientras que cinco universidades norteamericanas han obtenido 564 premios Nobel, México solo 3.
Entonces, México, ¿mucha pieza? La verdad, no parece.
Dicen que las comparaciones son odiosas, pero más bien son necesarias, ilustrativas y saludables. Y la verdadera calamidad no es que se hagan, sino que se niegue la realidad y se mienta deliberadamente todo el tiempo.
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