En su último discurso, ante miles de jóvenes que lloraban sin consuelo, José Mujica les dijo: “Si no somos capaces de educar a las generaciones que vienen, pertenecerán al mundo de los subordinados y de los irrelevantes; de los que no sirven ni para que los exploten. Este es el mayor desafío del país”.
Esta semana celebramos el Día de la Niña y el Niño. No hay lugar para festejos: los gobiernos de Morena han infligido cuatro golpes devastadores a la educación pública.
Primero, la caída de las coberturas. Desde 1921, cuando Vasconcelos fundó la SEP, todos los gobiernos, sin excepción, hasta 2018 aumentaron la matrícula. Los de Morena son los primeros en reducirla. En preescolar bajó de 72% a 64%; en primaria, de 99% a 94%; en secundaria, de 97% a 93%, y en media superior de 84% a 75%. La causa fue la cancelación de Prospera, programa que otorgaba apoyos a cambio de asistir a la escuela. En zonas marginadas, al desaparecer, la cobertura cayó y aumentó el empleo informal juvenil. Las becas Benito Juárez no compensaron: no llegan a las zonas más pobres ni piden corresponsabilidad.
Segundo, la erosión de las escuelas. La jornada en la mayoría de las primarias públicas es de cuatro horas. Para ampliarla, se crearon escuelas de tiempo completo: seis horas con alimentación nutritiva. En 2018 había 25 mil, que atendían a casi 4 millones de niños en zonas marginadas. Estudios de UNICEF, el Banco Mundial y el IMCO mostraban resultados claros: mejor aprendizaje y nutrición; también mayor ingreso familiar al permitir que las madres trabajaran. Morena las canceló. Eliminó programas de gasto operativo y convivencia escolar, y redujo 32% el presupuesto para la enseñanza del inglés.
Tercero, la degradación curricular y de los libros de texto. Tras amplias consultas, en 2017 establecimos un modelo orientado a formar ciudadanos libres, responsables e informados. Con base en esa lógica, expertos y docentes renovaron planes y materiales. Los gobiernos de Morena los sustituyeron por otros que, según especialistas, implican un retroceso: desdibujan disciplinas, confunden campos formativos con la eliminación de materias y proponen didácticas precarias y desarticuladas. Reducen y degradan la enseñanza de las matemáticas y plantean una alfabetización obsoleta.
Cuarto, el sometimiento docente. La evidencia muestra que un buen maestro de primaria cambia destinos: eleva la probabilidad de tener estudios universitarios, conseguir buenos empleos y vivir con autonomía. Durante décadas, la profesionalización fue bloqueada por el control clientelar de líderes sindicales sobre contrataciones, ascensos y pagos, sujetos a movilización política. Entre 2012 y 2018 creamos el Servicio Profesional Docente, con concursos abiertos que sustituyeron ese yugo. La reforma debilitó el control del SNTE y la CNTE y, como muestran diversos estudios, mejoró la enseñanza. Morena restauró el viejo régimen de subordinación, en detrimento de la libertad magisterial y los aprendizajes. Además, redujo 88% el presupuesto para el desarrollo profesional de los docentes e hicieron recortes similares a las normales.
La devastación tiene tres efectos: inhibe la libertad —sin educación de calidad no hay autonomía—; degrada la democracia, al imponer intereses sindicales sobre el bien común, y levanta una barrera para los marginados. Son quienes abandonan la escuela, pierden jornadas completas, reciben libros deficientes y padecen el control sindical al servicio electoral de Morena. En contraste, en las escuelas privadas, a las que asisten las familias de los políticos de Morena, las jornadas son completas, hay buenos libros y no padecen la dominación sindical. El resultado: bajo el lema de “primero los pobres”, se les empuja a la subordinación e irrelevancia que angustiaba a Mujica, verdadero líder de izquierda democrática que luchó por la libertad.
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