Es mala señal cuando un gobierno lanza iniciativas destinadas, no a ampliar derechos, sino a restringirlos. Peor aún, cuando una ley está dirigida expresamente contra un individuo o un grupo de individuos, suponiendo además comportamientos indebidos solo por el hecho de haber tenido padres extranjeros, o por haber adquirido una segunda nacionalidad por esa u otras razones. Lo único que muestra, además de una perversidad política para eliminar a ciertos opositores, es una xenofobia y una cortedad de miras respecto a lo que significa ser mexicano o mexicana. Es un nacionalismo chato, digno del siglo XIX, cuando apenas estábamos en búsqueda de una identidad. Se entiende que no son tiempos fáciles, con las presiones provenientes de la mayor potencia mundial. Pero pretender que este tipo de medidas van a resolver el tema de la soberanía nacional, es confundir la necesidad de fortalecer nuestras instituciones y vida política, con la posesión de un pasaporte. En otras palabras, que un eventual traidor a la patria tenga un pasaporte de otro país, o que haya renunciado a él, no hará ninguna diferencia en cuanto a su comportamiento. Como no lo hará si nunca tuvo uno en sus manos. Las traiciones a la soberanía no pasan por documentos. Se puede muy bien ser un traidor teniendo únicamente pasaporte mexicano.
La iniciativa, para mi gusto, solo denota desesperación y confusión ideológica entre las cabezas de la 4T. Ya no saben qué hacer para detener a la oposición. Están dispuestos a todo, menos a resolver el problema que los tiene contra la pared. No hallan cómo quitarse el mote (fundado o infundado, es tema de otro artículo) de narcogobierno y lo único que se les ocurre es señalar a todos los que se atrevan a oponerse a ellos o a criticarlos, en lugar de atender las crecientes denuncias que han alimentado las ingentes presiones del gobierno estadounidense. Pensarán que es mejor señalar a sus críticos y opositores, en lugar de entregar a uno de los suyos. Prefieren la impunidad de sus políticos y funcionarios. Todo además a nombre de un abstracto pueblo, porque el de verdad cada día la pasa peor.
Lo peor del caso es que renegar de una nacionalidad no es garantía de nada. Muy probablemente en los altos círculos de la 4T, habrá algunos aspirantes a la Presidencia, las gubernaturas o la Jefatura de Gobierno de la CDMX que por razones familiares o circunstanciales, poseen doble nacionalidad. Y estoy seguro que si ven la posibilidad de tener cualquiera de esos puestos, arrojarán al caño sus pasaportes extranjeros. Pero eso no garantiza nada respecto a su visión del mundo o su comportamiento una vez en sus cargos. La historia está llena de estos casos. El más famoso fue el de Enrique IV, de Francia, quien se hizo católico para poder ser coronado y luego hizo un edicto de tolerancia para los protestantes. Le pasó igual al duque de Sajonia (Federico Augusto, apodado “El Fuerte”), cuando le exigieron volverse católico para ser rey de Polonia-Lituania. Y ni hablar de los miles de casos en los que un elegido hace exactamente lo contrario de lo que de él se esperaba.
Lo triste es que todo ello es lo que menos les importa a estos iluminados de la 4T. Por un lado, estas restricciones no están dirigidas a los suyos y, por el otro, supondrán que, en lugar de controlar los intereses corporativos o detener a los políticos que se alían con el crimen organizado, cantar el himno y hacer discursos nacionalistas es la garantía de un gobierno soberano.
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