...

Información para decidir con libertad

Para la libertad

La lucha por la libertad, igual que el combate por la verdad, no termina nunca. Los campos de batalla son diversos, abstractos y engañosos, lo que sólo complica la labor de defenderla.

Es fácil entender la frustración que genera esta eterna tarea que, al igual que Sísifo, condenado a empujar una piedra que nunca se quedaría en la cima de la montaña, lleva a grandes pensadores como Curzio Malaparte a exigir medidas extremas.

Su libro Técnicas de golpe de Estado, además de una radiografía de cómo las grandes dictaduras a principios del siglo pasado se cimentaron en el poder, es un llamado en el que, como dice el propio Malaparte, “a Hitler hay que oponerle un Hitler”.

Más allá de lo que hizo Napoleón Bonaparte en el 18 Brumario, o cómo la revolución bolchevique triunfó, según el italiano, gracias a que Trotsky entendió mejor que nadie que el contexto no era importante para hacerse con el poder, su exclamación sigue vigente.

“Del mismo modo que todos los medios son válidos para suprimir la libertad, también todos los medios son válidos para defenderla”.

Esa era, según explicó Malaparte, la intención del libro que dijo odiar con todo su ser. Que sirviera para entender que los golpes de Estado se habían transformado, y que tanto desde la derecha como desde la izquierda puede surgir un tirano al que hay que frenar a toda costa.

Por más tentador que suene la idea, llevarlo al extremo sería el equivalente a acabar con la esencia misma de la libertad y del sistema que la hace posible, la democracia liberal.

Después de todo, no abundan los Cincinatos, ese dictador romano que recibió un poder absoluto por parte del Senado para acabar con la amenaza de los ecuos cuando Roma estaba todavía lejos de ser el poderoso imperio en el que se convirtió.

Cuenta la historia que el recién nombrado mandamás romano resolvió el asunto en poco más de dos semanas (hay quien dice que fueron 15 días y otros 16). Contrario a lo que muchos hubieran esperado, a su regreso a Roma devolvió el mandato y regresó a su vida normal.

Esos hombres republicanos (en el antiguo sentido de la palabra) que se deshacen del poder para atender sus granjas no abundan. Por el contrario, los dictadores que terminan como esclavos del poder son la regla y no la excepción.

Esto no quiere decir que haya que desestimar la idea principal de Malaparte, esta es que hay que entender cómo llegan los autoritarios al poder para, eso sí, combatirlos, incomodarlos y evitar que se queden para siempre.

Malaparte no deja pasar un error que se dio desde el momento en el que Napoleón capturó el Estado francés, y que se repitió con Trotsky, Mussolini y tantos otros.

“Un «abogado» cualquiera del cuerpo legislativo, un hombrecillo como tantos, hubiera podido sin peligro, durante aquellas dos famosas jornadas, con un solo gesto, con una sola palabra, truncar el destino de Bonaparte y salvar la República”.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp