Se acerca el 15 de septiembre. Las calles y los zócalos de todas las ciudades del país comienzan a vestirse de banderas y pendones patrios. La gente vive con cierto fervor nacionalista, haciendo planes para esa noche, pensando ya en los platillos típicos que se degustarán entre gritos y cohetes. Sin embargo, pocos saben que la verdadera grandeza de México no se gestó en una sola noche de septiembre. Pocos conocen que el pasado mexicano es todavía más glorioso de lo que imaginamos, y que a ese pasado se le dedica muy poco tiempo en las escuelas, sepultado bajo un relato de buenos y malos que no resiste el menor análisis.
Empecemos por Miguel Hidalgo. Se le venera sin que nadie explique del todo qué hizo, ni por qué lo hizo. Es un hecho documentado que, como administrador de fondos del Colegio de San Nicolás, fue removido por manejo irregular de dinero, y que sus propias haciendas —Santa Rosa y San Nicolás, cerca de Salamanca— fueron embargadas en 1807 por no poder cubrir el pago exigido bajo la Real Cédula de Consolidación de Vales Reales, el decreto de la Corona que obligaba a liquidar de golpe los préstamos eclesiásticos invertidos en propiedades particulares. Ese dato incómodo, que casi nunca se menciona en el salón de clases, obliga a preguntarse si el Grito de 1810 fue únicamente un acto de conciencia patriótica o también, y en buena medida, la salida desesperada de un hombre acorralado por sus propias finanzas. Días después, en la Alhóndiga de Granaditas, su turba pasó a cuchillo a cientos de civiles. No cayó un virrey: cayeron comerciantes, empleados, gente de a pie cuyo único delito era el apellido. Y cuando tuvo la capital al alcance de la mano, en Monte de las Cruces, se dio media vuelta.
El contraste con José María Morelos y Pavón es revelador. Donde Hidalgo improvisó, Morelos construyó: los Sentimientos de la Nación de 1813 planteaban la abolición de la esclavitud y de las castas, la soberanía popular y un proyecto constitucional completo. Morelos sabía para qué luchaba y hacia dónde quería llevar al país; Hidalgo, en cambio, murió sin dejar claro si buscaba una junta autonomista, una monarquía distinta o una ruptura total con España. Uno tenía brújula; el otro, solamente pólvora.
Compárenlo también con Agustín de Iturbide, a quien la historia oficial condena al rincón de los villanos por el pecado imperdonable de haber tenido éxito. Fue Iturbide, no Hidalgo, quien de verdad consumó la independencia: negoció con Guerrero, pactó con el virrey O'Donojú, y logró en unas semanas, sin más sangre que la estrictamente necesaria, lo que once años de guerra insurgente no habían conseguido. Nos dio bandera, nombre y nación. Y lo pagamos condenándolo al olvido.
Y luego está Nueva España, ese periodo de trescientos años que la escuela despacha en una clase aburrida antes de saltar al Grito. Ahí se fundó la primera universidad de América, la primera imprenta, hospitales, colegios, una red de caminos y acueductos que todavía sostiene ciudades. Ahí se produjo la plata que movía el comercio mundial, de Manila a Cádiz, bajo el control del Real Tribunal del Consulado de la Ciudad de México, el gremio de comerciantes que durante más de dos siglos organizó el monopolio mercantil de la Nueva España. Ahí se levantaron catedrales y se pintaron lienzos que hoy llenan museos. No fue un paraíso, pero fue uno de los periodos de mayor esplendor material y cultural que ha conocido este territorio.
No se trata de sustituir un héroe por otro, sino de contar la historia completa. Porque un país que no se atreve a mirar de frente su pasado está condenado a repetir el mismo grito hueco cada septiembre, sin saber muy bien por qué grita.
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