La semana pasada escribí sobre cómo nuestro sistema burocrático en sistemas de autorizaciones para la realización de cualquier actividad se convierte en un caldo de cultivo para la corrupción.
Pero hay otro elemento que siempre considero y que, normalmente, me ocasiona debates en reuniones sociales donde siempre salgo como minoría: la participación del gobernado al ceder a la extorsión gubernamental.
Bajo respuestas como ¿y qué quieres? ¿Que no trabaje? ¿Que no haga el negocio? ¿Que nos clausuren y perdamos las ventas?, se pretende justificar una actividad igual de dañina que la corrupción de los funcionarios públicos.
Ese sistema de negociaciones afecta a todos y la justificación no supera ningún criterio ético por más superficial que sea.
Por el contrario, la extorsión generalizada es consecuencia de una ciudadanía débil y la debilidad ciudadana es producto tanto de mucha falta de conocimiento sobre los derechos de cada quien como también de una simple falta de solidaridad entre los gobernados.
Por supuesto que las necesidades básicas de subsistencia pueden ser pretexto para determinado sector a alejarse o desconocer el marco normativo en el que se tiene que desarrollar; pero ese sector no es el que participa en las actividades comerciales que son objeto y cliente frecuente de la extorsión gubernamental.
Hacia la micro y hasta la gran empresa es a donde se dirigen las acciones de los verificadores, auditores, inspectores y ese tipo de empleados gubernamentales que, bajo amenaza de la clausura, obtiene en un día más de lo que recibe de salario mensual.
Todo por el miedo, la indiferencia o la comodidad de la empresa o persona visitada que, seguramente, no puede cumplir con la totalidad de las absurdas regulaciones establecidas con la única finalidad de entorpecer su actividad y fortalecer la vigilancia gubernamental.
Por esa razón también la delincuencia organizada encontró su mina de oro. Si le pagan al gobierno por miedo a la clausura con mayor razón pagan por miedo a los balazos.
Sin ciudadanía será muy difícil que la extorsión deje de ser cotidiana.
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