Ahora que, en su elocuente y memorable discurso del domingo 31 de mayo, Claudia Sheinbaum -jefa de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial-, aseguró que es tiempo de definiciones, decidí investigar y acudir a la inteligencia artificial para ubicar mi lugar en el escenario político e ideológico. La razón es sencilla: en esta época donde la polarización convierte las palabras en armas, es mayor el riesgo de recibir etiquetas que poco tienen que ver con las convicciones de cada quien.
Antes que nada, es necesario precisar que existe una distinción elemental que con frecuencia se desdibuja en el debate público. No es lo mismo hablar de categorías que describen preferencias sobre organización económica y social (derecha/izquierda), de aquellas que se refieren a la actitud ante el poder, las instituciones y las libertades (demócratas/autoritarios). Tampoco son equivalentes las estrategias para ejercer el poder, pues no constituyen posturas ideológicas (institucionales/populistas). Es decir, son planos distintos que en la realidad pueden combinarse de múltiples maneras, aunque el discurso oficial insista en presentarlos como identidades inamovibles.
En estos últimos años nos acostumbramos a que la voz del Palacio Nacional descalificara sistemáticamente a “la derecha”, englobando en este término cualquier postura crítica al gobierno. Ahora, el calificativo ha evolucionado y aparece el prefijo “ultra”, para reforzar la idea de que quienes cuestionan al régimen representan una seria amenaza política y moral.
Las definiciones académicas, sin embargo, cuentan una historia distinta. Mientras la derecha se asocia a la defensa del orden institucional, la libertad económica, la propiedad privada y el cambio gradual, la izquierda busca reducir desigualdades con mayor intervención estatal y mecanismos de redistribución económica. Cuando se agrega el “ultra”, se pasa a versiones extremas que plantean transformaciones más profundas y, en muchas ocasiones, comparten posiciones identitarias radicales, nacionalistas y de rechazo al pluralismo político.
Por otra parte, las personas demócratas se caracterizan por reconocer la legitimidad de la competencia electoral y la alternancia en el acceso al poder, el pluralismo, la división de poderes, el Estado de derecho y las libertades civiles. En cambio, quienes optan por el autoritarismo tienden a concentrar facultades, debilitar los contrapesos, reducir los espacios críticos y limitar la capacidad de la sociedad para participar en las decisiones públicas.
Y si bien el populismo no es una ideología, la categoría define a la estrategia política tan de boga en muchas naciones, que divide discursivamente a la sociedad entre un “pueblo” bueno y unos “privilegiados” corruptos y traidores.
Por todo lo anterior, y si realmente estamos en tiempo de definiciones, me niego a aceptar que la elección posible sea entre derecha o izquierda o sus versiones extremas. Más que adherirme una etiqueta al cuerpo, me asumo y defino como alguien que está del lado de la democracia liberal, del pluralismo y de las libertades.
Finalmente, este ejercicio para buscar definiciones me deja la certeza de que la diferencia decisiva para México no es ideológica. La diferencia radica entre quienes aceptemos que nadie posee toda la verdad y quienes están persuadidos de tener una autoridad moral que les otorga el derecho de ser las únicas personas que puedan definirla.
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