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Todo cambia… para seguir igual

Culiacán, Sin.- En Sinaloa, el gobernador del estado pidió licencia, al igual que el alcalde de Culiacán. También solicitó licencia el senador sinaloense sobre quien pesa una solicitud de detención provisional con fines de extradición, luego de permanecer más de un mes sin asistir a sus labores en el Senado de la República.

A ello se suma un vicefiscal con licencia, así como cuatro exfuncionarios estatales, un exsecretario de Finanzas y un exsecretario de Seguridad Pública, quienes prefirieron entregarse voluntariamente a la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York.

Funcionarios y exfuncionarios de primer nivel aparecen implicados por presuntamente conspirar con el "Cártel de Sinaloa" para traficar drogas hacia territorio estadounidense, a cambio de sobornos y apoyo político.

Cualquiera supondría que, ante semejante terremoto político, Sinaloa viviría cambios de fondo, incluso la eventual desaparición de poderes. En cualquier nación medianamente democrática y civilizada se escucharía el clamor de una población que ha sido testigo de elecciones plagadas por la intromisión del crimen organizado, así como de múltiples señalamientos sobre alianzas entre gobiernos, funcionarios de todos los colores y el propio "Cártel de Sinaloa".

Sin embargo, las estructuras del poder municipal y estatal permanecen prácticamente intactas. No se ha movido un ápice el andamiaje político e institucional. Era deseable cimbrar las estructuras gubernamentales hasta sus últimas consecuencias: revisar el Poder Ejecutivo, el Judicial y el Legislativo; replantear por completo las áreas de seguridad; reestructurar las fiscalías estatales y la Secretaría General de Gobierno.

Nada de eso ha sucedido.

Por el contrario, Sinaloa parece confirmar una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: hoy todo parece político, pero casi nada produce cambios políticos duraderos.

El politólogo belga Anton Jäger resume esta idea de manera brillante en el subtítulo de uno de sus libros: “Polarización extrema sin consecuencias políticas”.

Según Jäger, la política invade la vida cotidiana; las redes sociales convierten cualquier tema en conflicto político y existe una sensación permanente de confrontación moral y urgencia pública.

Pero, al mismo tiempo, los partidos tradicionales se debilitan, los sindicatos pierden fuerza, las organizaciones ciudadanas se vacían y la movilización rara vez logra convertirse en poder institucional duradero.

En otras palabras: hay mucha expresión política, pero poca capacidad organizada para transformar el Estado o la economía. Las personas participan como individuos aislados, no como miembros de organizaciones con disciplina, continuidad y estrategia.

Lo planteado por Jäger le queda hoy “como anillo al dedo” a Sinaloa. Existe indignación, abundan los posicionamientos, proliferan liderazgos visibles y sobra el posting en redes sociales; pero, al final, hay muy poca construcción de poder colectivo.

Y sin instituciones, la indignación no se convierte en poder.

Por eso, hoy por hoy, todo es político… pero nada cambia.

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