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Sinaloa, entre el olvido y la esperanza

Culiacán, Sin.- Durante décadas, Sinaloa fue considerado el granero de México. Su agricultura se convirtió en ejemplo nacional gracias a la producción de maíz, trigo y hortalizas que colocaron al estado entre los principales motores agroalimentarios del país. Sin embargo, aquella historia de éxito parece hoy cada vez más lejana.

Del modelo expansivo y altamente productivo de los años 80, hemos transitado a un escenario de contracción que amenaza la viabilidad económica de amplias regiones del estado. La crisis no es producto de una sola causa. Confluyen factores como el cambio climático, la escasez de agua, el incremento de los costos de producción y, sobre todo, una política pública errática que ha reducido los apoyos al campo y desincentivado la inversión productiva.

Diversos organismos especializados, entre ellos el Consejo para el Desarrollo Económico de Sinaloa (Codesin), han advertido sobre la necesidad urgente de una reconversión productiva. La producción agrícola sinaloense registra mínimos históricos y el estado ha perdido parte del liderazgo nacional que durante décadas mantuvo en la producción de maíz.

La horticultura, otro de los pilares de la economía regional, enfrenta igualmente dificultades derivadas de un tipo de cambio que le ha afectado, la insuficiente inversión en infraestructura hidroagrícola y la creciente incertidumbre que desalienta nuevos proyectos.

A ello se suma la desaceleración de la construcción y de la vivienda, actividades severamente afectadas por el clima de inseguridad que prevalece en buena parte del territorio estatal.

Los indicadores de inversión tampoco ofrecen motivos para el optimismo. En los últimos años se han registrado saldos negativos en materia de inversión privada, reflejando una pérdida de confianza que termina impactando el empleo, el consumo y la capacidad de crecimiento económico.

Las consecuencias ya son visibles en los principales indicadores macroeconómicos. El crecimiento se ha debilitado y la economía estatal muestra señales preocupantes de estancamiento.

Pero sería un error analizar esta realidad sin considerar el factor que hoy condiciona prácticamente todos los ámbitos de la vida pública en Sinaloa: la violencia.

El analista en seguridad David Saucedo ha señalado que lo que ocurre en la entidad puede describirse como un estado de guerra. Bajo esas circunstancias, explica, los recursos dejan de dirigirse hacia actividades productivas para destinarse a la financiación de estructuras criminales, compra de armamento, municiones y toda la logística que implica un conflicto de esta naturaleza.

Sinaloa enfrenta así un doble golpe. Por una parte, la insuficiencia de inversión pública y privada; por la otra, la reducción de los flujos de dinero ilícito que, aunque ilegales y moralmente inaceptables, durante años irrigaron segmentos de la economía local. El resultado es una combinación explosiva de recesión, incertidumbre y deterioro social.

Como si ello no fuera suficiente, el estado parece haber quedado relegado de las prioridades nacionales. Después de casi dos años de violencia sostenida, los saldos son devastadores: miles de homicidios, desaparecidos, vehículos robados, negocios cerrados y más de 30 mil empleos formales perdidos. Detrás de cada cifra existe una historia familiar marcada por el dolor, la incertidumbre o el desplazamiento.

Sin embargo, aun en los momentos más difíciles, la política ofrece espacios para la esperanza.

La reciente obtención del registro nacional de Somos México abre una nueva posibilidad para miles de ciudadanos que durante años han observado con frustración el deterioro de los partidos tradicionales.

Esta organización surge de la participación de ciudadanos apartidistas, activistas, académicos, exfuncionarios electorales y personas comprometidas con la defensa de la democracia mexicana.

Su origen se encuentra en la movilización ciudadana que tomó forma en las marchas de la llamada “marea rosa”, un movimiento que demostró que amplios sectores de la sociedad están dispuestos a involucrarse en la construcción de una alternativa democrática.

México no necesita una nueva franquicia política ni una reproducción de los viejos vicios partidistas. Necesita una organización capaz de representar causas ciudadanas, defender las libertades, fortalecer las instituciones y recuperar la confianza de millones de mexicanos desencantados con la política.

Para Sinaloa, atrapado hoy entre la violencia, la crisis económica y el abandono gubernamental, toda esperanza merece una oportunidad. El reto será convertir esa esperanza en resultados y demostrar que la participación ciudadana todavía puede cambiar el rumbo de nuestro país.

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