Lo de Carin León no fue un simple tropiezo logístico ni una mala tarde para los operadores del poder. Fue otra cosa. Fue una señal política. Un evento empujado desde el aparato público, con promoción intensa, con un artista de enorme arrastre popular, con el sello del oficialismo encima y, aun así, con una asistencia claramente por debajo de la expectativa que se había sembrado. Medios locales reportaron que el estacionamiento de la Plaza Monumental no se llenó a su máxima capacidad y que incluso los comercios de la zona resintieron una derrama menor a la esperada. Otros reportes hablaron de una asistencia por debajo de la proyección oficialista y de imágenes con huecos visibles en la explanada. Más allá de la cifra exacta, el mensaje político fue rotundo. La marca gobernante ya no convoca como antes.
Y cuando un concierto gratuito, montado además bajo la narrativa de la paz, termina generando más conversación por sus vacíos que por su éxito, lo que queda al descubierto no es un problema de producción artística. Lo que queda expuesto es una desconexión. En redes sociales, la reacción ciudadana fue inmediata y demoledora. La pregunta se repitió una y otra vez. Por qué gastar millones en espectáculo cuando Tijuana está llena de baches, colonias abandonadas, crisis de servicios y una inseguridad que no cede al ritmo del discurso triunfalista. Ese contraste entre propaganda y realidad se está volviendo insoportable para una parte cada vez mayor de la sociedad.
Ese malestar no nació el sábado. Viene acumulándose desde hace meses. El retiro de la visa estadounidense a la gobernadora Marina del Pilar y a su esposo, confirmado por ella misma y reportado ampliamente por la prensa internacional, abrió una etapa inédita para Baja California. Nunca antes un estado fronterizo, tan profundamente entrelazado con California en lo económico, lo social y lo cultural, había tenido una mandataria bajo esa sombra. En política, a veces el dato formal importa menos que el ruido que provoca. Y ese ruido ha sido devastador.
A eso se suma otra percepción cada vez más extendida. Baja California parece gobernada por una especie de Frankenstein político partidista, armado con retazos de trayectorias, lealtades recicladas y brincos de camiseta donde la convicción dejó de importar y la ambición personal se volvió la única ideología. Esa mezcla puede ganar elecciones, pero rara vez construye legitimidad. Y cuando la legitimidad se evapora, la calle empieza a hablar distinto.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum pareció leerlo con nitidez durante su visita a San Quintín. Su reclamo a legisladores y dirigentes de Morena, a quienes exigió trabajar más con la gente y en territorio, no fue una anécdota menor ni una travesura de redes. Fue un gesto político de alto voltaje. Porque cuando la jefa del Estado corrige en público a su propia clase política local, lo que está reconociendo, aunque no lo diga, es que algo no está funcionando.
Baja California ya hizo historia una vez. Fue pionera en la transición partidista cuando una ciudadanía harta decidió sacudir décadas de control político. Casi 40 años después, el humor social empieza a recordar aquel momento. Hartazgo frente a la corrupción, frente a la complicidad, frente al deterioro de la calidad de vida, frente a la frivolidad de quienes creen que un concierto puede tapar el tamaño del desencanto.
Del otro lado tampoco hay mucho que presumir. La oposición partidista sigue sin enamorar ni encender. Pero quizá la señal más importante no venga de los partidos, sino de la sociedad. Porque cuando la política se vacía, la ciudadanía tarde o temprano busca cómo llenarla. Y Baja California, por su historia, sabe hacerlo.
Lo de Carin León no fue un fracaso musical del artista. Fue un aviso de descontento y de hartazgo ciudadano. La mala noticia es para quienes siguen creyendo que la propaganda puede sustituir al buen gobierno. La buena noticia es para una sociedad que empieza a reencontrarse con su voz. Y cuando Baja California recupera la voz, nadie debería subestimar lo que puede venir.
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