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Cambiar de chaqueta

Culiacán, Sin.- Es una expresión coloquial que significa cambiar de postura, lealtad o ideología de manera oportunista, no por convicción.

La reciente decisión de los partidos políticos de dar “voz de arranque” a sus precandidatos en los 17 estados donde habrá elecciones para gubernaturas tiene varias aristas, no muy positivas que digamos.

Por un lado, viola leyes y reglamentos con los que uno podría o no estar de acuerdo, pero están ahí y habría que respetarlos mientras no se modifiquen o deroguen.

Da pie a iniciar precampañas fuera del proceso formal electoral —que arranca legalmente en septiembre—, detona gastos sin supervisión alguna y abre la puerta a inversiones e inversionistas en el anonimato, a la opacidad y la discrecionalidad total. Además, elimina el famoso “piso parejo” que la sociedad exige para las contiendas políticas, otorgando ventaja a quien tiene acceso a dinero de fuentes oscuras y sin ningún control.

Esto ya se convirtió en práctica común en todos los partidos, empezando por el oficial, con el nombramiento de sus “coordinadores en defensa de la cuarta transformación” —en los hechos, los aspirantes en cada entidad—.

El PRI, para no quedarse atrás, designó a sus “defensores de México”, emulando el procedimiento; de inmediato, el PVEM anunció a sus “perfiles estratégicos”. El PAN, por su parte, arranca una estrategia de incorporación ciudadana que culmina con una encuesta para definir candidaturas, privilegiando popularidad y reconocimiento por encima de capacidad técnica y profesional para gobernar. Con esta decisión, ingresa al club de los partidos que eligen a sus candidatos mediante ejercicios demoscópicos, en lugar de votaciones primarias entre militantes y simpatizantes, que sería la aspiración de cualquier régimen verdaderamente democrático.

Lo más preocupante es que estos procesos generarán desencuentros, resentimientos y decepciones en todos los partidos, abriendo la puerta a los “chaqueteros” y a los “caza-chaquetas”.

Preparémonos para ver aspirantes que abandonen su partido o posición para alinearse con otro, mostrando falta de principios, conveniencia personal por encima de valores y adaptación interesada al contexto.

En síntesis: no se trata simplemente de cambiar de opinión, sino de hacerlo por conveniencia, especialmente cuando hay beneficios de por medio.

En democracias más consolidadas, la convicción es un valor que la sociedad reconoce y premia. En Gran Bretaña, por ejemplo, rara vez veremos a un laborista buscar competir bajo las siglas conservadoras o liberal-demócratas.

Las razones son claras: los partidos tienen estructuras más institucionalizadas, las trayectorias políticas dentro de una misma organización son más largas y el votante identifica con mayor claridad a los políticos con una corriente ideológica consistente. La coherencia ideológica tiene mayor valor reputacional, el electorado penaliza la incongruencia y los partidos funcionan con marcos identitarios más sólidos.

Las precampañas ya arrancaron de manera anticipada y fuera de los cauces electorales legales. Preparémonos para ver, en el camino, a decepcionados que, con la mano en la cintura, voltearán la bandera de sus institutos políticos, cambiarán de bando sin rubor y se convertirán en veleta del momento, chaqueteando con un pragmatismo que raya en el descaro, sin convicción alguna.

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