El mal tiene muchos rostros y múltiples manifestaciones, pero todos tienen un común denominador: lastiman la dignidad de las personas y cimbran nuestra confianza en la humanidad. Para los creyentes, además, implica el cuestionamiento más dramático si no a la existencia de Dios, sí a su bondad y compromiso con la humanidad.
En esta ocasión quiero compartir dos reflexiones sobre la maldad humana: el mal banal y el bienpensante. Confieso que ha sido la esperanza en el Resucitado lo que me ha permitido estas meditaciones, porque sin esta esperanza me sería imposible verle de frente.
Con relativa frecuencia tengo la impresión de que México ha caído en un abismo de iniquidad y mientras más profundo llegamos, más evidente se hace su banalidad. No me refiero a los horrores cotidianos del crimen organizado; sino a dos actos de dominación contra la ciudadanía, festinados por la nomenclatura gobernante.
Por un lado, la crisis de desaparecidos en México sobre la cual la ONU tuvo un pronunciamiento claro e inequívoco que no se limitó a una condena, sino que tendió la mano a un gobierno rebasado. La respuesta de la Presidencia fue descalificar a la ONU e intentar desaparecer a los desaparecidos con malabares estadísticos.
Por otro lado, la SCJN violó la Constitución al permitir que el gobierno intervenga las cuentas bancarias de cualquier ciudadano sin mediar orden judicial, sin previa advertencia y bajo presunción de culpabilidad del afectado; un acto propio de las dictaduras, pues entrega al ciudadano común en manos del poderoso aparato del Estado. En ambos casos se afirma la maldad a través de acciones burocráticas, eufemismos y galimatías verborreicos. La banalidad del mal, trivial, superficial, que se realiza por un expediente. El poder de la burocracia al servicio de la nomenclatura dominante. ¡Cuánta razón tenía Hanna Arendt!
Existe otra expresión del mal más cotidiana, agobiante, sutil, difusa, destructiva y difícil de identificar por quien lo practica y por quien lo sufre, porque forma parte de la vida cotidiana en el trabajo, la familia, la escuela, la universidad, en los lugares donde realizamos nuestra existencia. Ejemplos sobran.
El profesor que abusa de su autoridad sin faltar jamás al reglamento; el jefe que hace trabajar horas extras a sus subordinados porque son un gran equipo; la madre estricta y exigente que apenas deja respirar a sus hijas para protegerlas; el cónyuge que reprueba y chantajea constantemente a su pareja por el bien de la familia. Acciones que se justifican con las mejores intenciones, con la mejor de las conciencias.
T.S. Elliot lo explicó mejor de nadie: “La mitad del mal que se hace en este mundo está hecho por gente que quiere pensar bien de sí misma. No es que quieran dañar, es que no les importa". Este es el mal “bienpensante” capaz de desintegrar y destruir a las personas “por las mejores razones”, con la aceptación resignada, aquiescente o confusa de las víctimas. Seguiremos con estas reflexiones en próxima entrega.
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