En política comparada, las derrotas más instructivas son las que desarman un método. Eso es lo que ocurrió ayer domingo 12 de abril en Hungría. Viktor Orbán, uno de los arquitectos más exitosos del populismo contemporáneo, perdió el poder después de 16 años. Su derrota importa por una razón mayor que la alternancia, nos ofrece una pista concreta sobre cómo puede ser vencido un gobierno populista que parecía haber convertido al Estado, a la nación y al resentimiento en patrimonio propio.
Hungría no amaneció socialdemócrata, ni cosmopolita, ni súbitamente enamorada del liberalismo de seminario. La clave no fue una gran conversión ideológica del país. El partido ganador, Tisza, encabezado por Péter Magyar, pertenece al espacio de centro-derecha, se ha alineado con el Partido Popular Europeo y construyó su campaña sobre una mezcla muy precisa: combate a la corrupción, reparación institucional, mejora de servicios públicos y reanclaje europeo, sin romper del todo con sensibilidades conservadoras que Orbán había monopolizado durante años.
Esa es la primera lección. Los populismos duraderos no caen cuando se les denuncia sino cuando se les expropia el idioma. Orbán había logrado presentarse como el único intérprete legítimo de tres cosas a la vez: la patria, el orden y la protección de la gente común. Mientras la oposición aceptó esa distribución simbólica, jugó siempre de visitante. Tisza entendió que para derrotar a un populista no basta con acusarlo de autoritario, hay que volverlo prescindible ante los votantes que durante años creyeron necesitarlo.
Péter Magyar no llegó como un outsider puro, sino como un exinsider del propio sistema de Orbán. Conocía sus códigos, sus reflejos y, sobre todo, sus puntos de desgaste. Su campaña habló menos en el registro ceremonial de la “salvación democrática” y más en el lenguaje concreto del deterioro: inflación, corrupción, hospitales, transporte, estancamiento. En vez de librar la batalla donde el populismo se siente más cómodo -la guerra cultural permanente, la sobreactuación identitaria, la épica de la plaza sitiada-, llevó la discusión hacia el rendimiento del gobierno y el costo cotidiano de la captura del Estado.
La segunda lección es territorial y social. Los regímenes populistas suelen parecer invulnerables porque combinan una narrativa nacional con mecanismos materiales de arraigo: clientelas, subsidios, medios afines, distritos diseñados para favorecer al oficialismo. Y en contextos polarizados, el populismo puede administrar ventajas institucionales, pero les cuesta más administrar una movilización social extraordinaria. Cuando la ciudadanía entra en masa a la contienda, en este caso la participación estuvo por encima de 77%, incluso sistemas muy cargados dejan de ser blindajes perfectos.
La tercera lección es de estrategia. El antipopulismo eficaz se parece menos a una pedagogía moral y más a una operación de mayoría. Eso reclama disciplina para resistir la tentación de hablar sólo para los convencidos y entender que una oposición puede perder durante años por tener razón en el diagnóstico y torpeza en la traducción política. Tisza ofreció un lenguaje inteligible para votantes cansados del desgaste sin exigirles, como peaje identitario, renunciar de golpe a todas sus referencias anteriores.
Sin embargo, Hungría no ofrece una fórmula mecánica. Cada populismo nacional tiene su propio ecosistema, heridas y dispositivos de control. Pero la elección de ayer dejó una enseñanza importante. Los gobiernos populistas se fortalecen cuando obligan a sus adversarios a escoger entre pureza y eficacia. Y se debilitan cuando aparece una fuerza capaz de disputar, al mismo tiempo, el lenguaje de la nación, la promesa de orden y la representación del ciudadano común. Orbán cayó cuando dejó de parecer imprescindible. Esa, probablemente, es la clave más seria para derrotar a un populista: arrebatarle la exclusividad emocional del país.
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