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Fin de una era: Hungría rompe la ola ‘iliberal’

Tras 16 años en el poder como primer ministro de Hungría, cargo que ostentó, además, de 1998 a 2002, el influjo autocrático de Viktor Orbán finalmente llegó a su fin. Contra lo que muchos temían, Orbán aceptó su derrota en las urnas a manos de Péter Magyar.

Magyar, un antiguo partidario suyo, rompió con él en 2024 y con su partido, Fidesz -Unión Cívica Húngara de orientación nacional-populista de extrema derecha- para hacerse con la dirigencia de una formación hasta entonces marginal, Tisza, -Respeto y Libertad, también nacionalista, euroescéptica y ultraconservadora- con la que obtuvo 53.5% de los votos emitidos en la elección celebrada el pasado domingo -décima desde la caída del comunismo en ese país en 1989- y 138 de los 199 escaños, que conforman el Parlamento húngaro; una mayoría aplastante, con una participación récord de 79.5 % del electorado. Por su parte, Fidesz obtuvo tan sólo 55 asientos, equivalentes a 36.9%. El resultado tan abrumador fue, paradójicamente, resultado inesperado de las maniobras de Orbán para asegurar su perennidad en el poder.

Durante esa larga década y media, Orbán y los suyos se dedicaron a colonizar las instituciones del Estado húngaro en un claro afán de perpetuarse en el poder. Para ello, socavaron al Poder Judicial. Satanizaron a George Soros y persiguieron hasta logar el cierre de la sede en Budapest de su Universidad Centroeuropea en 2017.

Paralelamente, Orbán y Fidesz establecieron una alianza con Vladimir Putin y con Xi Jinping y se dedicaron a sabotear sistemáticamente todos los esfuerzos de profundización de integración de la Unión Europea y de bloquear los apoyos y ayudas financieras de ésta a la Ucrania de Zelenski en su guerra de resistencia frente a la agresión de la Rusia de Vladimir Putin.

Al final, fue la corrupción sistémica que Orbán introdujo y recreó a lo largo de todos estos años, lo que trajo, finalmente, su caída. El electorado húngaro finalmente se hartó de los turbios trapicheos y tejemanejes de Orbán.

No obstante, el hecho de que haya aceptado su derrota en las urnas no significa, para nada, el fin de Orbán. De hecho, al poco de aceptar la victoria de Magyar, Orbán se mostró desafiante, al asegurar que no se va a rendir y que solo él podría asegurar la paz para Hungría, ante la amenaza que, según él, representa para esta Ucrania.

En su empeño por reelegirse de nueva cuenta y por mantenerse en el poder a toda costa, Orbán contó con el apoyo de la administración de Donald Trump, quien envió a Budapest, ni más ni menos que a su vicepresidente, JD Vance, para dar un espaldarazo a Orbán, en un acto evidente de injerencia en el proceso electoral húngaro, que lejos de rendir los frutos esperados, ha sido, hasta ahora la única iniciativa exitosa de cambio de régimen.

La caída de Orbán abre una esperanza para todos aquellos países que han sucumbido al embate aparentemente irresistible del iliberalismo, como la Turquía de Erdogan, la India de Narendra Modi, el Israel de Benjamín Netanyahu e, incluso el México de la autodenominada cuarta transformación.

Pese a la magnitud de la sacudida política que ha vivido Hungría, Magyar no es tan distante políticamente hablando del conservadurismo, pero su llegada al poder pone término a su dominación autocrática.

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