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México en la trampa de la mediocridad

Desde hace tiempo México está atrapado en la mediocridad, y su gobierno asume que con la narrativa del insulto, la descalificación y el rencor se sale automáticamente de ella. Pero en política el engaño es generalmente autoengaño. ¿Cómo superarlo?

Todo buen médico empieza por decir a sus pacientes que el principio sine qua non para vencer una enfermedad es admitir que se tiene. Esa patología, en el caso del México actual, es reconocer que la economía no crece, la productividad y la innovación tampoco, la informalidad aumenta y, lo peor, que la presidenta y su equipo no tienen la menor idea de cómo salir del atolladero. Una cosa es producir planes, renders y presentaciones en PowerPoint y otra muy distinta dar resultados concretos, medibles y sostenibles.

El eje central para salir del autoengaño en los próximos 25 años dependerá de construir una economía en cuyo centro esté la generación de talento.  ¿Es el pase automático? No. Se requiere Estado de derecho, gobiernos muy competentes y sociedades autónomas y creativas -todo lo cual no abunda- pero sí es la variable más importante según han demostrado algunos países.

Por ejemplo, en 2009 Dan Senor y Saul Singer publicaron Start up Nation. The Story of Israel's Economic Miracle, para explicar las causas por las que Israel, un atribulado país en guerra permanente, se convirtió en una potencia emergente que pasó del viejo modelo de una economía industrial de bajo valor agregado y en sectores tradicionales y de manufactura mediana, a construir un verdadero ecosistema para una economía del siglo XXI.

En 2025, Israel alberga ya alrededor de 4 mil 770 startups, lo que lo convierte en el territorio con más empresas emergentes per cápita en el mundo, gracias a que ha ejecutado de manera consistente una política que combina alta inversión en I+D, cultura de innovación, apoyo estatal estratégico y una mentalidad resistente lubricada por la experiencia en contextos de alto riesgo.

Pero, sobre todo, Israel ha logrado construir un verdadero ecosistema: centros y universidades de investigación, capital de riesgo, aceleradoras, políticas públicas ordenadas y consistentes, y liderazgos públicos y privados ágiles y receptivos.

Esta es la primera lección: la estrategia tradicional de atraer inversión nacional y extranjera en fierros y ladrillos (o creer que basta con aplastar a enemigos políticos) para agregar valor ya es obsoleta. Hoy se atrae “talento”, “capital” y “tecnología” para desarrollar empresas altamente competitivas.

Pero para acumular esos factores se necesita invertir bien en investigación y desarrollo (no inventar doctorados honoris causa oportunistas para altos funcionarios), tener la disposición para aprovechar esa inversión, contar con una buena clase empresarial y, otra vez, formar talento. Aquí está la segunda lección: lo que genera bienestar es lo que crea valor. No es lo mismo producir empleos de muy baja calidad que registrar patentes muy rentables en el campo de la genómica o las ciencias de la salud.

Y esta es la tercera lección: el desarrollo es consecuencia de un proceso sostenido no de ocurrencias ni de suerte ni de griteríos. Y aquí es donde estamos en problemas. Dejemos de lado que México tiene ahora un gobierno profundamente inepto; lo más grave es que no entiende que el crecimiento de la economía se basa en la innovación y la productividad, y en una política deliberada de educación de alta calidad y generación de talento.

Ignorar esa evidencia, es la receta segura para el estancamiento.

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