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El gobierno en la trampa: ¿política o psicoanálisis?

Dicen los clásicos que la primera condición para ganar una guerra es mantener muy en alto la moral de los mandos y la tropa. En política ocurre lo mismo, pero cuando la cadena de mando no funciona o, de plano, uno o más de sus eslabones -la confianza, los hechos, la realidad o el miedo, entre otros- se han roto, el problema está en otro terreno más complejo.

Y esto es algo que, según se ve cada día más claro, le ha sucedido al gobierno de Claudia Sheinbaum y a distintas facciones de su llamado movimiento.

Empecemos por el principio. A estas alturas parece evidente que ya nadie de los líderes de Morena se cree la historia de su popularidad, al menos como la verbalizaban algunos de sus personeros al principio del gobierno. Las razones son varias y sencillas.

La primera es que, según admitía con apreciable cinismo un encuestador de la vieja guardia, no es lo mismo hacer encuestas que hacer “negocio de las encuestas”, y, dependiendo de cada empresa, de los dineros de por medio, del método o la muestra, los números aprobatorios varían de forma tan considerable entre la presidenta, su equipo y sus políticas que, naturalmente, no son creíbles. Algunos lo suponen, pero los veteranos más mañosos saben que, en política, el autoengaño es suicida.

La segunda razón es que, hasta ahora, el gobierno no tiene nada qué presumir y las últimas semanas han sido devastadoras al respecto. La dominancia del crimen organizado, el estancamiento económico, las humillaciones de la Casa Blanca, los pleitos al interior de su nomenklatura y de su partido, la incompetencia en el equipo (y las remociones derivadas de ella), y, ahora, la gravísima acusación contra un gobernador y otros funcionarios, son datos duros que nadie en su sano juicio puede ignorar.

Lo único que medio mantiene lubricada la narrativa es el reparto de dinero, pero, como es usual, ya ha ido perdiendo significativamente peso y lealtades entre los beneficiarios porque se volvió costumbre.

La tercera observación: el gobierno no marca la agenda ni el relato. El sambenito de la “soberanía” no le dice nada a nadie, ni el odio contra los opositores o contra Hernán Cortés, porque lo que la gente quiere es llegar a fin de mes, poner comida en la mesa y seguridad en el barrio, y nada de eso abunda hoy en México. Que le dedique largas horas a atacar a la presidenta madrileña Ayuso es quizá revelador de un extravío que, en el fondo, exhibe descontrol político y sobre todo psicológico que nadie sabe cómo reparar.

Finalmente, todo lo anterior y más, parece condensarse en un cuadro peligroso porque algunas de las piezas que lo sostienen sencillamente no existen, son una gran mentira o demuestran un riesgoso desconocimiento de la realidad. A diferencia de otros gobiernos en distintas épocas y países, el de México puede recurrir a una salida de negación, fabricarse un panorama ficticio, culpar a los “enemigos” de los fracasos propios, y, por ese camino, ingresar a una espiral autodestructiva.

A Richard Nixon, un presidente sin duda estratégico y muy competente, no lo tumbó Watergate -visto hoy fue un juego de niños- sino que las propias fracturas emocionales que arrastró toda su vida, entre ellas el resentimiento, lo llevaron al derrumbe anímico y político.

Quienes nunca entendieron esta complejidad, no les alcanzó la vida para lamentarlo.

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