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La pureza no cambia nada

En México se ha instalado una narrativa cómoda: la política es el problema y la sociedad civil es la solución. De un lado, los corruptos; del otro, los ciudadanos comprometidos. Esta forma de entender lo público no solo es simplista, es peligrosa porque mientras más personas decentes se convencen de que su lugar está fuera de la política, más se vacía ese espacio de quienes podrían transformarlo.

Esa distancia ha ido configurando un divorcio tácito en México: una separación no declarada entre la sociedad civil organizada (ONG, activistas y colectivos) y la política institucional. Cada vez más personas honestas y comprometidas optan por quedarse “afuera”: en alguna ONG, en la academia o en el activismo. Es una decisión comprensible, pero también funcional a un sistema que, precisamente por eso, no enfrenta suficiente presión para cambiar.

Se ha normalizado una visión cómoda pero infantil: los políticos son malos y la sociedad civil es buena. Unos son corruptos, otros son puros. Unos tienen el poder, otros la razón. Esa dicotomía no describe la realidad: la simplifica hasta volverla inútil. Lo público exige una mirada más madura, capaz de reconocer matices y, sobre todo, de asumir responsabilidad, incluso cuando resulta incómodo.

Si se parte de la idea de que todo político es malo por definición, entonces cualquier persona decente debería mantenerse al margen. Y cuando eso ocurre, el espacio queda disponible para quienes no tienen escrúpulos. Alejar a los perfiles idealistas de la política no es una victoria moral: es una garantía de que nada cambie.

Las organizaciones civiles han logrado avances relevantes: leyes de transparencia, alertas de género, mecanismos de protección. Pero cuando una reforma clave se define en una mesa legislativa, quienes optaron por no involucrarse en la política institucional simplemente no están presentes. No es un problema de falta de causas, sino de renunciar a construir poder por preservar una idea de pureza.

El problema de México no es únicamente la existencia de malos políticos, es también la ausencia de suficientes perfiles dispuestos a disputar esos espacios. No es posible transformar el sistema únicamente desde afuera si no hay quienes, desde dentro, empujen cambios en su funcionamiento. Eso exige participación estratégica, no ingenuidad.

Construir una mejor clase política no pasa por el rechazo absoluto, sino por la implicación. No se trata de que todo mundo busque una candidatura, sino de dejar de concebir la política como territorio ajeno. Implica asesorar, fiscalizar, acompañar procesos, participar en decisiones internas y respaldar perfiles éticos, incluso cuando no sean perfectos.

Alejarse de la política no otorga pureza. Permite que el sistema opere sin contrapesos suficientes. No se sostiene únicamente por quienes actúan con cinismo, sino también por la ausencia de quienes podrían cuestionarlo desde dentro. Cuando los perfiles más comprometidos permanecen fuera, quienes no enfrentan esas restricciones toman las decisiones. Eso no es pureza: es renuncia. Y es precisamente lo que menos necesita el país.

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