Claudia Sheinbaum fue a Barcelona a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia junto con otros pocos presidentes que se autocalifican como líderes progresistas. En su discurso se le llenó la boca de frases bonitas sobre la democracia: “La democracia significa que la vida no se compra, como tampoco la libertad ni la dignidad de los pueblos (...) Soy una mujer de paz y represento una nación que ama la libertad, la justicia, la fraternidad y que entiende como democracia lo que diría el gran Benito Juárez: ‘Con el pueblo, todo; sin el pueblo, nada’”.
Lástima que en la práctica, es decir, en el ejercicio diario del poder, ni ella, ni su gobierno ni su partido respetan al pueblo. Y es que para que la relación entre ciudadanos (prefiero referirme a personas reales y no a la abstracción pueblo, que los demagogos utilizan para eliminar la diversidad de la sociedad, reducirlo a sus seguidores y apropiarse indebidamente de su representación) y su gobierno sea democrática, la primera condición es que quienes detentan el poder nos respeten, es decir nos consideren personas inteligentes, que sabemos distinguir entre la verdad y la mentira, que tenemos derechos y queremos ejercerlos. Así de simple.
Pues ni la presidenta ni su gobierno nos respetan. Lo afirmo por lo evidente que ha sido en las últimas semanas la facilidad y el cinismo con que nos mienten. La respuesta de Sheinbaum al reporte del Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU tenía mentiras enormes que fueron señaladas por el presidente del comité; ante el derrame de petróleo volvió a mentir sin recato (Pemex no es responsable). Podrán alegar que la mal informaron sus subordinados; entonces es peor, pues además está rodeada de mentirosos y/o incompetentes. Ella mintió cuando dijo que acataría el resultado de la investigación independiente sobre el colapso de la Línea 12 del Metro; no lo hizo; mintió en campaña cuando afirmó que durante su gestión no había feminicidios impunes. ¿Qué decir de su mentor, AMLO que convirtió la mentira en rutina y llevó la falsedad a niveles cuantitativos y cualitativos inimaginables?
Y la mentira es un corrosivo poderoso de la democracia. Lo han dicho los grandes pensadores y lo decimos la gente común y corriente: si la presidenta, sus colaboradores y los creyentes de la 4T mienten con descaro infinito, lo que sucede es lo siguiente: a) confirman que los ciudadanos les parecemos unos imbéciles que no distinguimos lo cierto de lo falso y creen que sus mentiras son desapercibidas; es decir, no nos respetan, pero afirman que todo lo hacen con y para nosotros; b) se rompe la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes, ¿cómo confiar en mentirosos irredentos y cada vez más cínicos que además nos desprecian? La legitimidad requiere de una razón pública fundada en la verdad.
c) Se imposibilita cualquier diálogo productivo entre sociedad y gobierno que enriquezca la vida pública –condición fundamental de la democracia—, pues si no hay verdad, si los hechos y datos duros de la realidad desaparecen, sobre qué discutimos, cómo podremos coincidir, cómo sabremos qué es lo mejor para el país. La mentira destruye a la razón y el diálogo democrático.
d) Desparecen la responsabilidad de los políticos y de los gobiernos y la posibilidad de la rendición de cuentas, pues las mentiras ocultan la realidad; no hay errores y no hay problemas; todo mundo feliz; e) las decisiones de política pública basadas en las mentiras, sean presidenciales o de funcionarios incompetentes o corruptos, destruyen la eficacia del gobierno y agravan los problemas con cargo al bienestar que nos prometen con más mentiras. AIFA, Dos Bocas, Tren Maya son ejemplos contundentes de decisiones políticas basadas en mentiras.
Así, las mentiras de la presidenta y su gobierno no son un asunto menor; no se trata de retórica para sortear alguna pregunta incómoda de la mañanera. Se ha convertido en un estilo de gobierno, en una práctica reiterada y cada vez más generalizada y burda. Sigan mintiendo, pero sepan que están destruyendo la base moral de la autoridad del Estado; están cancelando la democracia basada en el respeto, el diálogo de razones, la participación informada de los ciudadanos y en la rendición de cuentas y, por si lo anterior no fuera poco, también deterioran la eficacia de las políticas públicas.
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