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El sistema diseñado para reproducirse

Formar un partido político en México no es solo difícil: está estructurado para que casi nadie lo logre sin convertirse en lo mismo que pretende cambiar.

La ley exige organizar al menos 200 asambleas (de los 300 distritos electorales) con un mínimo de 300 personas cada una, además de reunir más de 256 mil afiliados mediante una herramienta digital diseñada para evitar irregularidades. El objetivo es válido. El problema es que, en la práctica, el diseño no distingue entre control y exclusión: los mismos mecanismos que buscan evitar irregularidades terminan dejando fuera a quienes no dominan herramientas digitales o no están familiarizados con los procesos políticos.

Estos requisitos responden a una lógica histórica: cuando la comunicación era limitada, la política territorial era la única forma viable de demostrar presencia real, y hoy sigue teniendo sentido para administrar servicios públicos locales. Hasta ahí, el modelo es razonable. El problema es que esa es la única forma de organización que el sistema reconoce.

Las barreras de entrada son tan altas que el espacio político termina operando como un club cerrado. Los clubes cerrados no innovan: se repiten.

Hoy, muchas de las comunidades más activas de México no se organizan por proximidad física sino por convicción. El movimiento feminista, la defensa del agua, la preocupación por la educación o la seguridad no tienen un distrito: tienen una causa. Sus integrantes viven en colonias distintas, en estados distintos, a veces en países distintos. Un sistema tan cerrado sobre sí mismo no tiene cómo ver eso, y lo que no puede ver, no se puede evaluar ni transformar.

Así, cualquier proyecto que busque hacer política distinta enfrenta una paradoja: para entrar, tiene que replicar exactamente la lógica que critica. Cuando finalmente lo logra, ya fue moldeado por el sistema que quería transformar. No es hipocresía, es consecuencia.

¿Se puede hacer distinto? Sí, pero no ocurre por inercia. Requiere una combinación poco común: personas que entiendan el sistema lo suficiente para empujar sus límites sin repetir sus vicios, y personas nuevas, sin esas inercias, dispuestas a entrar y disputar el espacio. Ninguno de los dos grupos, por sí solo, alcanza.

La posibilidad real está en que ambos trabajen juntos, con un objetivo compartido: abrir el sistema sin terminar reproduciéndolo. No es solo una hipótesis. Empieza a verse en esfuerzos donde conviven experiencia institucional y participación nueva. El reto no es menor: crecer (y hacerlo rápido) sin que esa tensión se pierda, sin que una lógica termine absorbiendo a la otra.

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