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Del videoescándalo al ‘huachicol’ fiscal

En 2004, el "videoescándalo" de Carlos Ahumada y las ligas de René Bejarano fue un golpe a la narrativa de “Honestidad valiente". Hoy, el caso del contralmirante Fernando Farías Laguna revela una evolución siniestra: de la corrupción civil artesanal a una estructura militar de financiamiento criminal.

La analogía es tan clara como alarmante. Lo que antes eran contratos de obra pública por fajos de billetes, hoy compromete al sector energético y aduanero por evasión fiscal masiva. Ahumada era un civil intercambiando contratos por dinero, los hermanos Farías representan una mutación más peligrosa: el poder militar operando el huachicol fiscal.

Ya no se trata de videos comprometedores: ahora aparecen documentos de inteligencia naval, control de puertos y una estela de 13muertes —entre asesinatos y suicidios— que marcan el rastro de la red criminal. Dicha organización movió más de 150 millones de dólares a través del sistema bancario estadounidense, lo que ha puesto al Departamento de Justicia (DOJ) tras la pista de una posible conexión con el Cártel de Sinaloa o el CJNG. El combustible que alimentaba este esquema de huachicol provenía de Texas. Al aprovechar el sistema financiero y comercial de EU para el contrabando, Farías Laguna habría incurrido en violaciones a leyes federales de fraude comercial y conspiración.

El paralelismo final ocurre en el exilio. Si Fidel Castro retuvo a Ahumada en Cuba como pieza de ajedrez político, hoy Javier Milei tiene a Farías Laguna en Palermo. Para Argentina, el contralmirante es una "bomba de tiempo" y su entrega a la justicia estadounidense es la herramienta idónea para golpear a un eje político con el que mantiene una hostilidad ideológica.

La metamorfosis es sistémica. La corrupción ha escalado de nivel. Si Ahumada fue una herida superficial a la credibilidad del obradorismo, los hermanos Farías Laguna son un tumor en la columna vertebral del Estado. Quienes ignoraron las alertas, hoy pregonan: "No podía saberse", pero el destino tiene otros planes. Es el karma político manifestado en un régimen que, al alimentar al monstruo, puede terminar devorado por él. Así, hemos pasado de la corrupción de oficina al crimen transnacional, donde el costo ya no se mide en votos, sino en vidas y soberanía.

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