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Matar hace ruido; desaparecer, no

La última vez que alguien lo vio, no pasó nada.

No hubo persecución, ni detonaciones, ni patrullas. No hubo prisa.

Solo una escena cotidiana: salir, subirse a un vehículo, responder una llamada… y después, nada.

La vida siguió para todos. Menos para esa persona.

Ahí empieza una forma de violencia que no busca ser vista.

Desaparecer personas no es un accidente ni un exceso. Es, en muchos casos, una decisión calculada. Una que, incluso en términos materiales, representa ventajas para las organizaciones criminales.

El homicidio en vía pública tiene costos. Activa de inmediato al Estado, moviliza instituciones, deja rastro: casquillos, cámaras, testigos. Genera presión social y mediática. Obliga a reaccionar. Es visible, y lo visible incomoda.

La desaparición, en cambio, opera en otra lógica: la de lo que no detona alarmas de inmediato.

Sin cuerpo no hay escena evidente. La urgencia institucional se diluye. El caso entra en otra ruta: la de búsqueda, que suele ser más lenta que la de persecución inmediata. El tiempo —clave en cualquier investigación— empieza a jugar en contra de quien busca y a favor de quien oculta.

También reduce riesgos operativos. No requiere exposición en espacios públicos ni enfrentamientos que puedan salirse de control. Puede ocurrir en lo cotidiano: una cita, un traslado, una interacción aparentemente normal. Es más silenciosa, más controlada.

En términos legales, además, plantea retos distintos. Aunque la desaparición es un delito grave reconocido en instrumentos internacionales, la ausencia de un cuerpo complica la acreditación de otros delitos como el homicidio. Investigar sin ese elemento obliga a reconstruir con menos evidencia directa, lo que puede traducirse en procesos más largos y, en ocasiones, en espacios de impunidad.

Pero hay algo más: la desaparición no siempre implica una muerte inmediata. Puede estar vinculada a explotación, reclutamiento forzado, extorsión o trabajos ilícitos. La víctima no solo es anulada: puede ser utilizada. Convertida en recurso.

Y, quizás lo más profundo, es el efecto que genera en la comunidad. A diferencia del homicidio, que impacta de forma inmediata pero puntual, la desaparición se queda. No hay cierre. No hay certeza. Solo una pregunta abierta que se multiplica: ¿y si me pasa a mí? Ese tipo de miedo no se disipa, se instala.

Incluso en lo estadístico tiene implicaciones. Menos homicidios visibles no necesariamente significan menos violencia. A veces significan que la violencia cambió de forma: dejó de estar en la calle para instalarse en la ausencia.

Nada de esto es casual. Las organizaciones criminales no operan sin lógica. Ajustan sus métodos en función de costos, riesgos y beneficios. Y desaparecer personas, en muchos contextos, ofrece más control, menos exposición y mayor impacto social.

Por eso, entender la violencia solo desde lo que se ve es quedarse a la mitad.

Porque hay una violencia que no hace ruido, no deja escena… pero sí deja estrategia.

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