Escapismo. Ni democracia ni autocracia, parece dictar el régimen: solo ‘simulacracia’, para decirlo con la propuesta de la sociedad del simulacro de Jean Baudrillard. Va de la mano de la sociedad del espectáculo de Guy Debord. Allí pareció encontrar esta vez la presidenta una nueva, ilusoria zona de confort para escapar de la realidad. Ello, sin menoscabo de las mañaneras, el invento de López Obrador que encaja perfectamente con la definición de ‘falsos eventos’ supuestamente ‘noticiosos’ de Denis McQuail.
Marketing político. La presidenta mató el día a mitad de la semana (el miércoles) entre el ajetreo de los preparativos, la recepción en Palacio y la puesta en escena del saludo -desde un balcón de la sede y el símbolo del poder supremo en México- a unos 50 mil jóvenes movilizados al Zócalo. Allí, la gobernante se hizo acompañar de un grupo musical de jóvenes coreanos (BTS), fenómeno de arrastre juvenil, producto de ‘fábrica de ídolos’ manufacturados en su país, acaso su artículo más lucrativo de exportación. Para Sheinbaum, un vehículo privilegiado para alcanzar el mercado electoral de los jóvenes.
Algo de carisma. Una sonrisa complacida enmarcó la escena de la presidenta en el balcón con estos chavos, una valiosa imagen para atraer votantes primerizos, y, también, para los anales de la manipulación política: un punto culminante de la política de simulación del régimen. De hecho, el simulacro -o la maniobra de marketing político y del otro- empezó hace meses con el anuncio de la petición de la gobernante mexicana al presidente coreano de enviarnos a estos carismáticos chamacos a compartirle algo de su carisma a la presidenta de México. Y ¿qué creen? Llegó la aceptación del coreano de hacernos llegar a los niños del BTS. Claro, con un entusiasmo de michoacanos convocados a vender sus aguacates en Corea.
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