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La estrategia de los arquitectos del laberinto del mal

Los mexicanos nos sentimos extraviados en el laberinto de la maldad que día a día parece más intrincado y difuso, construido con impunidad, corrupción y complicidad. La denuncia y los llamados no alcanzan y, frente al cinismo de la clase gobernante, el riesgo es perecer en la desesperanza, hundidos en el pantano de la tristeza.

Sin embargo, siempre es posible salir del laberinto. No existen soluciones fáciles y mucho menos mágicas. Y si bien es cierto que la lucha contra la maldad humana es constante, también lo es la posibilidad de derrotarla una y otra vez, como tan profundamente lo comprendió san Agustín. Frente a la cruz existe la resurrección, realidad para cristianos y metáfora para otros creyentes, ateos y agnósticos. ¿Por dónde empezar?

Podríamos empezar por hacer una pausa, recuperar el aliento, serenar el alma y recordar que los seres humanos estamos dotados del don más poderoso que tiene nuestro ser, raíz de lo mejor de las culturas, indispensable para encontrar la salida del laberinto. Me refiero al don del silencio contemplativo, esa capacidad de vaciar nuestro ser -como decía Simon Weil- para mirar con claridad la realidad, origen de la sabiduría.

Es sencillo darse cuenta que, los arquitectos del laberinto del mal son adictos al ruido y al escándalo, no soportan el silencio porque es fuente de la sabiduría que los desnuda. Recordemos como Trump, ante las palabras sabias del papa León XIV, respondió llenando el ciberespacio con ruido. Así lo señala el Libro de Proverbios (2:11-15): “La prudencia velará por ti, la reflexión será tu salvaguarda; te mantendrán aparte de los caminos del mal y de los hombres de palabras engañosas que abandonan los rectos senderos y se van por caminos oscuros; que ponen su alegría en hacer el mal y se complacen en sus abominaciones, que van por caminos chuecos, por senderos que se pierden”. Bien dice un antiguo aforismo que “el bien no hace ruido y el ruido no hace bien”.

El laberinto crece por corrupción, impunidad y complicidad. Su vehículo es la mentira que prospera en el ruido y la confusión. Alexander Zolyenitzin describió la espiral que caracteriza al autoritarismo, en su caso soviético, en el nuestro, cuatrotero: “Sabemos que nos mienten, ellos saben que sabemos que nos mienten, sabemos que ellos saben que sabemos que nos mienten y, sin embargo, siguen mintiendo”.

Los arquitectos del laberinto tienen su mentira favorita, a partir de la cual lo justifican todo. Norberto Bobbio, al hablar de la estrategia de los fascistas en Alemania, Italia y Brasil, aplicable, agregamos, a todo régimen autoritario con independencia de su color, lo caracterizó con precisión. Siempre hablan de corrupción, insultan y agreden como si fueran puros y honestos, pero en realidad son criminales que se dedican a mentir, violar y robar nuestras pertenencias, libertades y derechos. Más que la corrupción, se gozan practicando el mal.

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